¿Ceso la horrible noche?, desenlace de una “pacifica” protesta

Paro 21N
Paro 21N

La protesta social “pacifica” es un derecho reconocido mundialmente. 

En Estados Unidos, la población afrodescendiente, marchó hace 56 años, en Agosto de 1963, para reclamar al Presidente John F. Kennedy el reconocimiento de igualdad a los derechos civiles. Fue aquel día que Martin Luther King pronunció su icónico y legendario discurso “Tengo un Sueño”, generando un giro decisivo en la historia norteamericana.

Colombia también ha sido testigo de grandes marchas “pacificas” de protesta. El 4 de febrero de 2008, siendo Presidente Álvaro Uribe Vélez, un puñado de jóvenes lograron, a través de la incipiente red social Facebook, convocar la popular marcha cívica, en contra de las atrocidades del grupo armado FARC. Ese día marcharon mas de seis millones colombianos en todo el territorio nacional exigiendo “no mas FARC”.

Recientemente en América Latina las marchas han generado conciencia a sus gobernantes de atender justificados reclamos perdidos en la espesa hojarasca del diario vivir de la burocracia estatal. 

La protesta social se ha convertido en oportunidad para las minorías derrotadas en el proceso democrático electoral para seguir ejerciendo protagonismo y vigencia. Con ello logran visibilidad a través de medios tradicionales y redes sociales. 

Desafortunadamente el paro del 21 de Noviembre, conocido como 21N, promovido por instituciones tradicionalmente de ideología de izquierda, sindicatos, partidos minoritarios, docentes, enlazados e influenciados por movimientos continentales acuden a la ingenuidad y bríos estudiantiles.
El fundamento “pacifico” del paro tenía equivocaciones estructurales.

Manifestaciones en contra de inexistentes reformas e infundados incumplimientos fueron adalid en motivar la marcha. 

200 mil marchantes, el 1% de los 20 millones que ejercieron su derecho al voto, en las pasadas elecciones presidenciales han puesto en jaque al gobierno elegido democráticamente, no por su actitud “pacifica”, sino por la infiltración del incontrolable y consecuente vandalismo terrorista. Son pocos desadaptados que lograron al final de la protesta causar incalculables daños a la propiedad privada y espacio publico arropados en la debilidad y temor del estado de actuar con la autoridad contemplada en la carta magna constitucional.

Las amenazas depredadoras y devastadoras se convirtieron en realidad. Cali vivió, la noche del 21 su mas horrible pesadilla. La ingenuidad y célebre improvisación del Alcalde y su Secretario de Seguridad en no presagiar actos de bandidaje vandálico, protagonizada por la desalmada turba, desestimaron el ofrecimiento de mayor pie de fuerza. Ante alarmantes hechos delincuenciales de total anarquía no quedó alternativa diferente sino declarar el toque de queda esa noche, prohibición que no se veía desde febrero de 1971. 

Pese a ello, esa minoría de bárbaros aprovecharon la penumbra nocturnal para intentar saquear conjuntos residenciales y locales comerciales. No obstante, la amenazada población civil armada de valor se defendió con palos de escobas, turnándose solidariamente la vigilancia toda la noche previniendo la amenaza salvaje.

Sin embargo, la situación caleña fue contagiada por la murga capitalina. En deplorables actos desafiantes, esos pocos desadaptados lograron paralizar Bogotá, declarando igualmente toque de queda el día siguiente. 
Mientras tanto los pacíficos promotores, a quienes se les salió de la manos la protesta, continuaron la estrategia de difamación del estado, empleando el importado “cacerolazo”, que a diferencia del Chile de Allende, la Argentina de Rua y la Venezuela de Chávez y Maduro, no es por desabastecimiento de comida, sino por la ingenuidad de guasonas amas de casas. 

El Presidente Duque, quien no acude a la constitucional conmoción interior, sigue abierto al dialogo constructivo, con aquellas minorías que la democracia ha derrotado.

Invocando nuestro himno, ojalá haya cesado la horrible noche y la libertad sublime derrame las auroras de su invencible luz.

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