¿Cómo nos estamos sintiendo?

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¿Amenazados? ¿Extasiados, maravillados? ¿Resignados? ¿Temerosos? ¿Horrorizados? ¿Desesperanzados? Todo esto es posible sentir ante lo que nos está ocurriendo.

Amenazados por el poder de una potencia o de un hombre, que siente que puede hacer lo que le venga en gana, que decide solucionar un problema que se le presenta en el medio oriente a la vieja usanza de los pistoleros del Far West. Sí, como aquellos agraciados y fieros mancebos descritos por Marcial Lafuente Estefanía o vistos en los films, westerns, de Sergio Leone, con Clint Eastwood, en los que el más veloz disparaba primero y zanjaba así el conflicto, sin necesidad de sheriff, ni de jueces. Estados Unidos lo ha hecho antes, desde 1823 en América, aplicando la Doctrina Monroe, América para los americanos.

Para el mundo entero, bajo la doctrina del Destino Manifiesto o del Gran Garrote. A la fuerza se quedaron con Tejas y Nuevo Méjico, a la fuerza sacaron a España del escenario y se quedaron con Cuba, a la fuerza se quedaron con Panamá, cercenándola de Colombia; a la fuerza tumbaron a Jacobo Arbenz en Guatemala, a la fuerza derrocaron a Salvador Allende en Chile. A la fuerza quisieron tomarse el sureste asiático (Vietnam y adyacentes), solo que la operación no salió bien esa vez.

Siempre actuando en nombre de la libertad y demás derechos civiles, claro. A la fuerza, usando la más avanzada tecnología militar y aérea (por lo cual cual algunos se pueden declarar maravillados o extasiados), acaban de eliminar a un enemigo iraní y a algunos socios iraquíes, rotulados todos como terroristas que pretendían atacar y destruir objetivos estadounidenses. Quisiéramos imaginar que se trata del buen Robin Hood, o del buen pistolero defensor de las mujeres y de los más débiles (gritaríamos así, Viva Trump!), o.. Pero no, todo es más parecido a las escenas del “Irlandés”, la película de moda; a lo que hace en ella Robert de Niro. Brillantemente.

Si nosotros expresamos sentirnos temerosos, resignados o desesperanzados, los pueblos iraní, iraquí, sirio, palestino y demás vecinos, no deben sentirse solo así. Deben estar aterrados pero, igualmente, enfurecidos con ese poder que puede acabar con algunos de sus líderes de esta manera, sin poder argumentar válidamente ante el mundo que esa es una típica acción terrorista (en su obra “Hegemonía o supervivencia. El dominio mundial de Estados Unidos”, Noam Chomski, calificaba así algunas operaciones realizadas por su gobierno, con base en datos obtenidos de la misma CÍA y del FBI).

No sabemos nosotros quién era realmente Qasem Soleimani, sí sabemos que Irán ha sostenido un largo enfrentamiento con Estados Unidos desde hace 40 años, al menos; que allí se realizó la Revolución Islámica, nacionalista, de los ayatollahs que se tomaron el poder en 1979, derrocando a un Sha, Mohamed Reza Palhevi, muy amigo de occidente. Sí sabemos que se trata de un centro neurálgico del mundo capitalista. Allí, por doquiera, en el interior y en las costas está el petróleo, el oro negro, el combustible que mueve aún la máquina del capitalismo mundial, por tanto del imperio estadounidense.

La guerra irako-iraní, lo de Sadam Hussein y otros hechos, no fueron asuntos gratuitos. Pudo ser que la guerra contra Afganistan, refugio supuesto de Al Qaeda y Osama Bin Laden, después de los atentados de 9/11 de 2001, se pudieran justificar, pero la guerra contra Irak, basada en las mentiras de Bush, imposible! Se trataba del dominio geopolítico, el dominio de los campos petroleros.

Y, ¿si un ataque así lo realizaran los chinos o los rusos en un territorio amigo de los Estados Unidos? ¿Qué pasaría? Para Estados Unidos fue una operación casi perfecta, sin “daños colaterales”, apenas algunos civiles, tal vez. ¿No hay nada que cuestionar entonces? ¿El “gran hermano” ejerciendo su poder?

La inmensa tristeza que nos han producido las escenas de dolor y de muerte vividas en Australia, no solo por los seres humanos allí afectados, sino por los millones de animales quemados, tienen relación directa con el poder omnipresente desplegado por los Estados Unidos. Australia se quema, como se han quemado y se seguirán quemando California, Portugal, Grecia, la amazonia, por la terrible afectación del clima terrestre causado por el uso indiscriminado, abusivo y criminal de los combustibles fósiles. Pero quien debe salir a responder primero por este desastre, es gobernado por una élite económica-financiera ligada estrechamente a la apropiación, explotación y uso del petróleo, representada por un hombre que les
cumple fielmente la misión para la que fue elegido: continuar la dominación y el saqueo del planeta sin reparar en “daños colaterales” ni dejarse enredar por “cuentos chinos” (así ha llamado Trump al calentamiento global y la crisis climática).

Y Estados Unidos no responde. Se sale del Tratado de París y decide no cumplir con ninguno de los compromisos exigibles a las potencias más contaminantes para disminuir las emisiones de C02.

Por ello, la pregunta es ¿cómo nos estamos sintiendo? Porque es también con nosotros, con toda la humanidad, no se trata de un acto aislado. Todo está ligado, y no es un asunto meramente esotérico, no. Lo que pase en Irán o en Palestina, nos afecta de alguna manera. Igual lo que pase en China, Rusia o África. Es la humanidad. El economista francés Thomas Piketty en su reciente obra “Capital e ideología”, soporta con cifras muy abundantes la realidad del capitalismo mundial, bajo la vigencia del neoliberalismo desaforado. Ha crecido la desigualdad económica y social por doquiera. El 1% más rico se hace cada día más rico a expensas del 50% más pobre, que cada día es más pobre. La brecha social crece, no decrece. Explica que no basta tener como referencia el índice Gini de desigualdad, que se requiere tener en cuenta otros factores para llegar a esta conclusión. Este capitalismo irresponsable ha tenido frenos en algunos regímenes
políticos de corte democrático, sobre todo en Europa, dice el economista, pero la égida la tiene hoy Estados Unidos, secundado por los grandes conglomerados financieros de todo el mundo. Son estos los que gobiernan el mundo. Ahí está Trump, el magnate, como evidencia ( y antes los Bush, y..).

Un testigo de excepción de todo esto, es el premio nobel de economía de 2001, Joseph Stiglitz, estadounidense, quien en varias de sus obras ha resaltado la procacidad de las desigualdades no solo en los Estados Unidos sino en el mundo capitalista en general (ver “El precio de la desigualdad”, “La gran brecha”, “Malestar en la globalización”).

Y las grandes manifestaciones de protesta social en Chile, Colombia, Francia, y hasta en Hong Kong, tienen que ver con lo mismo. La gente, con un gran aporte de cierta clarividente juventud, no acepta más que la torta esté siendo tan mal repartida.

¿Cómo explicar al mundo, en un marco de mínima dignidad, que unos cuantos multimillonarios sean cada vez más dueños de los recursos del planeta, mientras miles de millones sufren el dolor de la miseria, la sed, el hambre, la marginación?

El sistema es tan bien orquestado que nos enseña a admirar, sin límites, a estos creadores de riqueza. Y no hablamos de los Zuckerberg, Bezos, Gates, hay nombres que como los Slim, los Rothchild y los Rockefeller, no suenan mucho, pero controlan la economía mundial. En Colombia, tampoco son solo los Ardilla Lule, Sarmiento Angulo, Santodomingo, Gilinski, Lloreda, etc. Hay que analizar y profundizar. Los apóstoles del neoliberalismo y de la globalización insisten en que el crecimiento económico llevará al derramamiento de miel para todos, pero esto no ocurrió ni ocurrirá.

Todo está pues ligado, interconectado. Aquí las balas que mataron a los
ambientalistas en la Costa, no provienen de drones, no. Ni las que matan a los que tratan de retornar a las tierras que les fueron arrebatadas violentamente y luego restituidas por disposición de la justicia. Pero sí vienen, es seguro, de quienes reproducen las mismas condiciones del capitalismo salvaje arriba descrito, utilizando para ello los medios que les resulten más eficaces, sin importar la destrucción de la madre tierra ni que haya que romperle la madre a quien sea. Así estamos. El ELN y los grupos neoparamilitares son también expresión del mismo sistema. Y también lo es la fumigación de las plantaciones de coca con glifosato, que se propone realizar de nuevo el gobierno, en contravía de la visión ecológica de la Corte Constitucional. Es otra orden del “gran hermano” que se debe cumplir.

Las consecuencias las sufrirán (como siempre) los campesinos de las zonas
bombardeadas.

¿Desesperanzados? No! No porque el despertar comenzó y no nos dormiremos en 2020. Este año abre una década definitiva para el planeta: o triunfa la ecología, o llegó el final. Y la humanidad no lo permitirá, a despecho de los Trump y los Bolsonaro. No, porque estamos seguros de que el aliento vital de la juventud se mantendrá activo, liderando la movilización por la decencia, por la libertad, por la justicia, la vida y la paz. No, porque exigiremos que el diálogo social sea real, creativo y transformador. ¿Aprenderá el Presidente de Colombia? ¿Habrá
comprendido lo que significó 2019? ¿Se estará sintiendo tocado por la ola que mueve el mundo hacia un nuevo rumbo? ¿Habrá quién les diga a los integrantes del sanedrín de gobierno y a los partidos que lo apoyan, que ya no pueden seguir en las mismas?

Otro mundo es posible.

Para la vida y la paz, todo. Para la guerra y la muerte, nada!

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