Crónicas de un sueño II

Coronavirus
Coronavirus

Del encierro, los Sitios y el sufrimiento de los pueblos

Alberto Pérez llevaba tres años viviendo en Wuhan, China. Tenía 26 años. Estaba estudiando una maestría en la Huaghzong University of Science and Tecnology. Vivía feliz y amaba esa ciudad. A fines de diciembre de 2019, por Webchat, comenzaron a circular informaciones acerca de un virus muy contagioso y la gente se atemorizó mucho. Él, sin embargo, pasó el año nuevo celebrando con muchos amigos bajo la animación musical de la Orquesta Sinfónica de Wuhan. Después diría que si hubiera sabido realmente del peligro que los amenazaba, no se hubiera expuesto así. Como desde los primeros días de enero se rumoró que iban a cerrar la ciudad, compró un pasaje para volver a Colombia. Viajaría el 22 de enero. Una hora antes del viaje, cancelaron todos los vuelos. Quiso ir a otra ciudad cercana, pero los terminales de buses también estaban cerrados. Así fue como debió quedarse, encerrado, en Wuhan. Algo le preocupó mucho: no tenía cocina en su residencia universitaria. Fue a los supermercados, con mucho miedo, pero ya casi no había nada para comprar. Los primeros arrasaron con casi todo. Luego, prohibieron terminantemente salir de las viviendas. Lo tranquilizó el hecho de que la universidad le enviaría dos o tres comidas por día.

Después de muchos diálogos y búsquedas, el gobierno colombiano se comprometió a repatriar a los nacionales que estaban en Wuhan. Se sentían abandonados ya que otros gobiernos habían ayudado pronto a sus ciudadanos. Alberto pensaba como todos en salir de China, pero tenía un amigo venezolano que había ido de visita desde Beijing y el lo alojó en su residencia. ¿Qué pasaría con él, si se iba para Colombia? Preguntó al consulado si el amigo también podría viajar, pero le respondieron que no. Esto le llevó a tomar la decisión irrevocable de no subirse a ese vuelo de carácter humanitario que lo llevaría de regreso a su patria. Se quedaría encerrado en Wuhan.

Nestor Julián Vélez, de 20 años, en cambio, decidió desde un comienzo que se quedaría en Wuhan, argumentado que allá estaría más seguro, a pesar de que ya la cifra de muertos pasaba de 2600 en China y el número de contagiados crecía exponencialmente (casi 70.000), mientras que en Colombia aún no se tenía conocimiento de ninguna persona contagiada. Esto parecía una incoherencia, dado el alto nivel de exposición al virus en que se encontraba allí, pero él confiaba plenamente en las medidas tomadas por las autoridades chinas y en el sistema de salud. Pensaba que, en cualquier caso, en Colombia no podrían darle lo que China le estaba garantizando. Además, no quería contribuir a la propagación del virus en su país. Se quedó encerrado en un cuarto de su universidad; el gobierno se encargó de todos los gastos de manutención y los tratamientos para la prevención del coronavirus. Era estudiante de negocios internacionales en Wuhan, hablaba inglés y algo de mandarín. Pudo viajar y estudiar allí, gracias a una beca que obtuvo. Vivía en Cali, en un sector muy popular, el barrio Andrés Sanín. Estuvo en cuarentena por más de dos meses, pero su confianza se vio compensada por los hechos sobrevinientes: China controló la expansión de epidemia y Wuhan ha retornado paulatinamente a la normalidad. Néstor Julián seguirá estudiando su carrera allí, mientras en su patria se endurecen las condiciones de la cuarentena, aumenta muy rápidamente el número de contagios y de muertos a causa del coronavirus.

Cerca de allí, en el puerto de Yokohama, en Japón, una situación dramática y angustiosa vivían centenares de pasajeros del crucero Diamond Princess. Eran tres mil de los últimos turistas del mundo, antes de la llegada de la pandemia. El mundo no sería el mismo después de ella. Las carreteras, los aeropuertos, los puertos navales, todo se cerró, excepto para la circulación de los productos esenciales para la supervivencia de la humanidad. El turismo cesó. Las grandes urbes, otrora centros de aglomeraciones interminables, se quedaron vacías, absolutamente solas. Se hicieron tan silenciosas que hasta los animales salvajes se atrevieron a penetrar en ellas. En medio de un silencio sepulcral en la inmensidad de la Plaza de San Pedro, en Roma, el Papa Francisco I pronunció una oración Urbi et Orbi histórica, nunca jamás realizada. Su voz y su imagen llegaron al mundo por medio de las pantallas de televisión y las redes sociales. “Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos», dijo el Papa. Una portentosa y bella voz retumbó en la inmensa y solitaria Cátedral de Milán, invocando la gracia divina. “Estuve perdido pero ahora me encontré. Estaba ciego, pero ahora puedo ver. Esta gracia me ha traído seguridad, y esta gracia me dirigirá a casa”, cantaba solo, completamente solo, el himno cristiano Amazing grace, el famoso tenor italiano Andrea Bocelli. Como refrescante rocío llegó esa voz a los millones de almas que pudieron escucharla, simbolizando esperanza y fe en que el mal pronto pasará.

Por primera vez en la historia de las grandes pandemias que han afectado a la humanidad, la tecnología y las nuevas ciencias de la comunicación unieron lo que el virulento enemigo separó. Redes sociales apenas conocidas por unos pocos, se hicieron mundialmente tan famosas como útiles. Las familias, los amigos, los empresarios, los trabajadores, estudiantes y maestros se vincularon haciendo uso de la aplicación Zoom. Videoconferencias, meeting room, join with video, se hicieron conceptos habituales para millones de personas en todo el mundo. Las redes fueron sin duda invaluables compañeros de todos en el aislamiento. Una sinfónica o una coral pudieron cantar al mundo el Cuarto movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven, sin necesidad de reunirse. El conocido Dúo Dinámico puso a cantar a medio mundo, sobre todo hispano, la canción Resistiré, compuesta por ellos hacia 1968. Muchos pensaron que fue creada como respuesta a la tragedia generada por el Covid-19.

El Diamond Princess simbolizaba la tragedia del aislamiento, del enclaustramiento forzoso y del camino mortal que la humanidad tendría que recorrer a causa de un virus desconocido. Llevaba 3700 pasajeros que, en condiciones normales, hubieran vivido días y experiencias maravillosas. Les tocó, en cambio, vivir los momentos más angustiosos de sus vidas. Durante la cuarentena en el barco, 619 pasajeros se infectaron, diez de ellos murieron. Algunos dicen que esto contribuyó luego a la difusión del virus en el archipiélago nipón y en otros países a los cuales retornaron los turistas. El crucero era el segundo foco de infección más notable después de la ciudad china de Wuhan.

Los tripulantes de las embarcaciones que en el Siglo XVI acompañaron a Fernando de Magallanes en su impresionante aventura alrededor del planeta, seguramente estaban preparados para soportar muchos meses de encierro en sus barcos, antes de llegar a algún puerto seguro. No así los pasajeros del crucero Coral Princess que saliendo de Santiago de Chile los llevaría hasta Buenos Aires, pasando por el Cabo de Hornos, en la Isla de Tierra del Fuego. Al llegar al puerto de Buenos Aires, no los dejaron atracar. Ya había infectados por coronavirus en el crucero. Tuvieron que seguir Atlántico arriba, en sentido contrario de lo que hiciera Magallanes, solo que con rumbo noroccidental, hacia la Florida. Allí, después de una larga cuarentena, pudieron descender poco a poco los pasajeros sanos. Los demás tuvieron que esperar más tiempo y nuevas intervenciones de las autoridades sanitarias.

Como en los tiempos del cólera, se rechazaba a los posibles portadores del mal impidiendo su acercamiento a los demás, por cualquier vía. “…el Doctor Juvenal Urbino previno a sus colegas, consiguió que las autoridades dieran la alarma a los puertos para que se localizara y se pusiera en cuarentena a la goleta contaminada…Las restricciones se hicieron aún más drásticas arriba del puerto de Tenerife donde se cruzaron con un buque que llevaba enarbolada la bandera amarilla de la peste”, escribía García Márquez en su Amor en los tiempos del cólera.

Con la peste bubónica ocurría lo mismo en el Siglo XVIII, aislamiento y casi condena a muerte para los infectados o presuntamente infectados. Así lo relató Daniel Defoe en su obra Diario del año de la peste: “La clausura de las casas fue considerada en un primer momento una medida muy cruel y anticristiana…Es cierto que el cierre de las puertas y el establecimiento de un vigilante día y noche para evitar que alguien saliera o entrara, cuando tal vez la gente sana de la familia hubiera podido salvarse separándose del enfermo, parecía muy duro y cruel, y que muchos murieron en este confinamiento miserable…”. En la pandemia del coronavirus, el miedo o el pánico hicieron que muchas personas quisieran encerrar a los médicos, a las enfermeras, a todos los que llevaran un uniforme del ejército blanco que combatía la mortal enfermedad, encerrarlos en los hospitales, en algún lado donde no tuvieran que encontrárselos, pensando que debían ser portadores del mal. Paradojas de la vida, era a ellos a quienes se convocaba como heroínas y héroes salvíficos cuando el mal tocaba a las puertas de los discriminadores ciudadanos.

El aislamiento forzoso rompió los planes de muchas familias para reencontrarse durante las vacaciones, en algún lugar del mundo, pero atormentó o destruyó vidas o relaciones filiales como la de Amaru y su padre Daniel. Estando en Ecuador, este fue enviado a una misión de trabajo en México, por lo cual dejó a su hijo de seis años al cuidado de una niñera. Cuando ya estaba en México llegó la tormenta del coronavirus, el enclaustramiento y la cancelación de los vuelos. Pronto supo que la niñera tenía los síntomas del virus. Cuando le hablaba por teléfono, Daniel sentía la muerte rondando a su hijo. Buscó apoyo en medio de su desesperación. Imaginaba a su hijo solitario o, lo peor, contagiado y sin auxilio. Finalmente su jefe, la dueña del hotel para el que trabajaba se hizo cargo del niño, pero Daniel siguió encerrado en México, sin recursos, acudiendo a la caridad de los mexicanos y viviendo la angustia de saber que su hijo está en un país y en una región asolada por la pandemia, sin el apoyo de su madre ni de su 4 padre. Las escenas de los muertos tirados en la calle en la ciudad de Guayaquil, sin que nadie los recogiera, bastaban para sobrecoger el corazón del cualquiera.

El enclaustramiento forzado puso en juego la convivencia familiar, para unos en medio de la tranquilidad y la seguridad de tener las necesidades básicas satisfechas, para otros en la angustia de las carencias y en la lucha por la sobrevivencia. Para muchos la integración y el amor filial se fortalecieron. Para otros, la vida diaria se hizo insoportable. Muchas mujeres tenían gran temor de que el encierro con sus parejas pudiera traerles más dificultades. Así, fue. La violencia intrafamiliar se incrementó y en varias ciudades fue necesario disponer lugares para proteger a las mujeres y a sus hijos de la violencia machista.

En el encierro la pregunta por las consecuencias para los niños y las niñas era obligada. Su energía vital, desbordante siempre, se veía limitada y atropellada por las normas de las cuarentenas. Encerrados con sus padres en espacios a veces muy pequeños, la convivencia se hizo desesperante y más que vivir lo que se lograba era sobrevivir. Para algunos estudiar a distancia fue posible porque tenían los recursos para ello. Para otros el telestudio no era alternativa y solo contribuyó a agudizar la angustia y el desespero, ya de por sí agobiantes por el aislamiento y las carencias. Muchos maestros comprendieron que durante la pandemia, su papel tendría que ser muy especial. Los estudiantes y sus familias los necesitaban más que nunca, pero no como simples enseñantes. Se pidió que el Estado interviniera pronto para brindar conectividad internet a todas las familias y para llevarles los alimentos básicos para subsistir. Pero el Estado tenía el reto de atender en primer lugar el combate contra el terrible y mortal enemigo del coronavirus. Lo que los psicólogos denominaban el estrés postraumático será, sin duda, algo que los países tendrán que afrontar con mucha decisión y con muchos recursos.

En las cárceles, el encierro se volvió particularmente angustiante ante el temor de que algún interno se infectara, como efectivamente ocurrió en algunas de ellas. En todo caso, los reclusos y reclusas daban por sentado que la muerte les llegaría por esa vía, si no lograban que el gobierno acabara con el terrible hacinamiento que en casi todas existía. Había que aplicar medidas de emergencia con criterios humanistas y de justicia. Las penas, en algunos casos, debían pasar a segundo plano. Primero la vida. Pero, ¿a quiénes se podría liberar, condicionalmente o enviándolos a sus casas? Dilemas grandes que tomaron mucho tiempo, mientras que el virus avanzaba sin dar tregua. Y hasta los peores criminales tienen su corazoncito. Pronto hubo amotinamientos por doquiera.

Las ciudades, los campos, todo el planeta está sitiado por el coronavirus. ¿Hasta cuándo podrá soportar la humanidad el encierro, el aislamiento? La historia muestra los ejemplos de la tenacidad de los pueblos. El Sitio de Troya duró diez años. Diez años sufrieron miles de guerreros fuera y dentro de la ciudad, diez años sufrió el pueblo troyano. Diez años esperó Penélope a Odiseo en Ítaca, sin que pudieran quebrantar su voluntad. Más de tres años duró el primer Sitio de Constantinopla en el Siglo VIII y más de un año el último Sitio, con el que se produjo la caída del Imperio Bizantino en poder de los turcos otomanos en 1453. Tres meses duró el Sitio de Cartagena en 1741, en el que los españoles defendieron la ciudad amurallada frente a los ingleses; Blas de Lezo derrotó al almirante Vernon. 105 días duró el Sitio de Cartagena de 1815 por parte de los españoles contra los patriotas. ¡Cuánto sufrimiento de los pueblos gracias a las guerras desatadas por la conquista de poder y de dominio!.

La pandemia del coronavirus tiene sitiada a la humanidad entera, pero algunos pueblos o sectores sociales sufren más sus consecuencias. En Estados Unidos, pareciera que el virus fuera racista. Han muerto muchos afrodescendientes, una cantidad desproporcionada en relación con el tamaño de la población. También la población hispana y latina. Las condiciones sociales y económicas de exclusión podrían explicar esas altas tasas de mortalidad. Muchos no se atreven a acudir al médico por temor a ser deportados debido a su condición de ilegales. El gobierno la emprendió duramente contra los inmigrantes en el último año. Condiciones que son ya, en estos tiempos de pandemia, una condena a muerte.

Los indígenas colombianos han estado sitiados por grupos violentos durante mucho tiempo. Para enfrentar la pandemia ellos han cerrado sus territorios con medidas extremas. Los grupos violentos que mezclan narcotráfico, dominio territorial y político, los sitiaron de nuevo: o dejan pasar la droga, o… ¡se mueren!

La población venezolana que emigró a Colombia y países circunvecinos, ahora está sitiada por el coronavirus. Antes se veían las caravanas avanzando desde el norte hacia el sur, en búsqueda de alguna oportunidad, habida cuenta de la grave situación socio económica de su país. La pandemia muestra ahora las caravanas en sentido contrario. Muchos van de nuevo hacia su país, en medio de los recelos e incluso de las actitudes abiertamente xenófobas de algunos colombianos, quizás empujados por el miedo al contagio, ante todo. ¡Cuánto sufre el pueblo venezolano! Huyendo de una tragedia, se encontraron con otra peor.

¿Qué vendrá después del encierro? Algunos teóricos han dicho que crisis como la pandemia del coronavirus sacan lo peor de los seres humanos, que no hay que hacerse ilusiones sobre la pospandemia. No todo seguirá igual; puede ser aún peor que antes. Otros plantean que la humanidad sitiada por el virus, es capaz de sacar de sí, creativamente, una salida para la salvación del planeta y de la misma humanidad. ¿Usted, lector, qué cree?

Para la salud, la vida y la paz, todo! Para la guerra y la muerte, nada!

Cali, abril 14 de 2020, en XXV día de la cuarentena por la pandemia, con 2852 contagiados, 112 muertos y 319 recuperados en el país, y 2.018.105 contagiados, 120.914 muertos y 464.995 pacientes recuperados en el planeta

3 comentarios

  1. Tantas realidades en un evento mundial que pasará a la historia de la humanidad.

    Y qué vendrá después del encierro? Considero que la respuesta puede tener también algo de historia y literatura.
    Hay  textos que han sido valorados como fuentes dudosas por su carácter religioso y que para muchos no tiene valor histórico, reduciéndolos a relatos verosímiles dentro de la literatura; pero que expresan cómo un encierro cambió la vida de pueblos enteros, por ejemplo: cuando Nabucodonosor y su ejército  sitió al pueblo de Israel tomando sus ciudades  durante aproximadamente 2 años,  este pueblo vivió situaciones jamás contadas por la desesperación a causa del hambre y al  final,  setenta  sobrevivientes fueron llevados hacia una  vida de servidumbre,  los más pobres, dejados en lo que quedaba de un territorio completamente destruido y  unos pocos, en libertad. Indiscutiblemente no será lo mismo. Hoy cada uno de nosotros asumimos la cuarentena de diferentes maneras, lo que seguramente incidirá en lo que vendrá.  Algunos al parecer están viviendo un infierno, donde cada día es como el viaje de Dante por cada círculo del infierno, entre más se avanza hay más sufrimiento y así como dice su texto, se escucha el incremento de la violencia intrafamiliar que muy probable terminará en un aislamiento permanente, en otros casos, la preocupación por la falta de alimento, la desesperanza y la soledad. Otros, lo tomarán como el viaje del personaje de Siddhartha de Hermann Hesse, para encontrarse a sí mismo; otros, para encontrar el camino, cambiar de rumbo o afirmar los pasos y continuar adelante.

    Gracias por compartir sus producciones, muy interesantes: realidad, historia y literatura para llevarnos a reflexiones profundas sobre nosotros mismos.

  2. Interesante construcción narrativa.
    Considero que después del encierro todo seguirá igual, se presentarán algunas variables en la vida de las personas, pero son las mismas que surgen después de cualquier crisis, la condición del ser humano lo obliga a actuar sin mirar atrás porque no hay condiciones para mas, de allí que la escuela debe tomar postura para ayudar a sobrellevar esas vivencias así como recurrir a la paz que solo puede dar Dios.

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