Crónicas de un sueño III

Coronavirus
Coronavirus

De médicos, enfermeras, científicos y de la guerra por la vida
“En cualquier casa donde entre, no llevaré otro objetivo que el bien de los enfermos; me libraré de cometer voluntariamente faltas injuriosas o acciones corruptoras y evitaré sobre todo la seducción de mujeres u hombres, libres o esclavos”.
Apartes del Juramento Hipocrático

Li Wenliang se atrevió a informar acerca de algo que lo tenía muy preocupado, algo nunca visto por él en su vida como médico, ni en los tiempos de estudiante ni en los de su práctica profesional. Era oftalmólogo, tenía 34 años y trabajaba en el Hospital Central de Wuhan, China. Alcanzó a alertar a algunos de sus colegas sobre los casos de neumonía que había detectado, una neumonía muy similar al síndrome respiratorio agudo y grave (Sars), pero no igual. En un chat que tenía con un grupo de unos 150, mezcla de las occidentales redes Whatsapp y Facebook, les pidió que tomaran medidas, que se protegieran, porque se trataba de algo muy raro y peligroso. Pronto, el mensaje fue a parar a manos de las autoridades chinas.

Después de un diálogo con los administradores del hospital y con la policía, el médico oftalmólogo firmó un documento en el cual admitía su “error”. Esto porque lo acusaron de difundir rumores peligrosos o información falsa que, en China, podrían acarrearle hasta siete años de prisión. Era el 30 de diciembre de 2019. El 31 de enero de 2020 el médico Li Wenliang fue diagnosticado con el Coronavirus, luego denominado por la Organización Mundial de la Salud, Covid-19. El 5 de febrero el vocero oficial del Hospital Central emitió este comunicado:” «En la lucha contra la epidemia de la neumonía del nuevo coronavirus, el oftalmólogo de nuestro hospital, Li Wenliang desafortunadamente resultó infectado. Li murió pese a todos los esfuerzos para reanimarlo. Lamentamos profundamente su fallecimiento». Li Wenliang murió víctima del virus sobre el que trató de advertir a sus colegas y a las autoridades de su país, el mismo que ya en la fecha de su muerte había contagiado a 31.198 personas y matado a 637 en Wuhan, una ciudad de unos 11 millones de habitantes.

Para muchos en China, el médico se convirtió en un héroe, el primero de la que sería luego una larga lista, que murió abrasado por un enemigo que él alcanzó a percibir en su alta peligrosidad, pero que debido a la censura impuesta por las autoridades chinas no fue posible detener a tiempo y luego se convirtió en una pandemia que puso a temblar al mundo entero. A esta fecha, este enemigo mortal de la humanidad ha contagiado a 1.600.000 personas y matado a 102.000. Al interior de China se alcanzaron a generar voces de protesta reclamando libertad de expresión y el homenaje público y la restitución de la honra a la memoria de Li Wenliang. “Esta no es la muerte de un soplón, es la muerte de un héroe”, se pudo leer en alguna de las publicaciones. En una entrevista con el portal chino Caixin, el 30 de enero, él había dicho “»Una sociedad sana debería tener más de una voz». También afirmó, pletórico de esperanza y de valor, el valor que miles de médicas y médicos como él habrían de demostrar luego para combatir al mortífero enemigo: «Aún quiero ir a la primera línea [de la lucha contra la epidemia] cuando me recupere. La epidemia aún se está propagando. No quiero ser un desertor».

La Corte Suprema de China reconoció más adelante que la actuación policial con respecto a Li Wenliang había sido equivocada. Esta equivocación pudo tener gran incidencia en la expansión del virus, primero en Wuhan y luego por todo el planeta, pues si se hubieran atendido las alertas del médico, probablemente las medidas sanitarias de prevención y control hubieran sido otras, más rápidas y eficaces. ¿Qué quisieron evitar las autoridades del gigante asiático? ¿Por qué allí, una vez contenido el virus en Wuhan, su expansión exterminadora no llegó a otras regiones?

En Italia, el doctor Marcelo Natali dio una entrevista en la cual señaló que no tenían suficientes guantes de látex y demás equipos requeridos para enfrentar al virus. A la semana siguiente estaba muerto. Y así, como él, han entregado sus vidas más de 60 profesionales de la salud. La idea difundida entre los que aún siguen luchando en todo el mundo es que “estamos indefensos y sin armas”, como dijo una médica de la Federación Italiana de Medicina. Por alguna razón, Italia fue el país más rápidamente impactado por la expansión del virus y su acción mortal, fue allí, en el norte, donde primero se hicieron obligatorias los encierros y las cuarentenas.

La edad no ha sido criterio diferenciador, la muerte se ha llevado a médicos de más de sesenta años pero también a profesionales tan jóvenes como la doctora Sara Bravo, de apenas 28 años, del Centro de Salud de Mota del Cuervo en España. Se había contagiado, muy seguramente, al sustituir a un colega que le pidió el favor. Ella no estaba acostumbrada a negarse a atender a nadie. Esa vez no fue la excepción. La doctora Isabel Muñoz, de 59 años, del Centro de Salud de la Fuente de San Esteban en Salamanca, sin tener enfermedades previas, murió en su casa campestre, pues al sentir los síntomas decidió casi obsesivamente aislarse completamente para no contaminar a nadie, ni siquiera a su esposo. Fue la primera vida ofrendada por España en la guerra de la humanidad contra el invisible enemigo del Covid-19. Varias de las víctimas entre los trabajadores de la salud eran jubilados que decidieron echar una mano a sus colegas activos en esa lucha planetaria. El enemigo no les perdonó su heroico retorno, al vincularse de nuevo al ejército blanco.

En Detroit, Estados Unidos, la enfermera Lisa Ewald solicitó en dos ocasiones que se le hicieran las pruebas para coronavirus, pero como no tenía los síntomas convenidos, no se las hicieron. Para cuando se las practicaron, ya tenía fiebre muy alta y había perdido los sentidos del gusto y del olfato. Una mañana, al llegar a su casa, su esposo y una enfermera la encontraron muerta, sentada en el sofá. Tenía solo 54 años. Quizás si el científico Antony Fauci, experto en enfermedades infecciosas, hubiera sido el verdadero líder del combate contra la pandemia en los Estados Unidos y no el histriónico jefe de estado que ha conducido a este país a un desastre peor que el de cualquier guerra librada anteriormente, quizás, decimos, hubiera sido posible salvar la vida de Lisa y de muchos estadounidenses. Tal vez la previsión hubiera permitido acopiar los recursos requeridos oportunamente.

En Francia, Bernard Gonzales se desempeñaba como médico del equipo de fútbol de primera división, Reims. Al enterarse de que había contraído la enfermedad, se puso muy mal emocionalmente, aunque físicamente lucía muy bien. Un día, mientras cumplía la cuarentena, lo encontraron muerto en su cuarto. Se había suicidado. Tenía 60 años, 23 de los cuales los había entregado al servicio del Reims.

En Colombia, la médica Angela Villegas sufrió una indignante discriminación cuando, en Cali, pretendía hacer sus compras en un supermercado y, entre trabajadores y clientes del negocio, se lo impidieron. A ella, que junto a los demás profesionales de la salud han sido calificados como héroes y heroínas que exponen sus vidas para salvar las de otros, sí, porque ellos son la vanguardia de un enorme ejército blanco que, en todo el planeta, ha sido enviado a combatir un enemigo desconocido, que penetra por cualquier hendija que se le deje y mata implacablemente; paradójicamente, un ejército que no mata gente sino que salva vidas, todos los días. Y un ejército que ha sido enviado a esta guerra descomunal, sin armas y sin escudos suficientemente sólidos. A ella, a una médica, de pronto la convirtió la gente en… ¡una villana! La médica tuvo el valor civil para denunciar el acto ante la opinión pública. En todo caso, el hecho da muestras de la ignorancia de muchos, pero también del enorme miedo, del pánico que por estos días causa en los ciudadanos el simple temor a contagiarse, y también del miedo a la muerte.

El médico Carlos Fabián Nieto ha dejado sola a su esposa y a sus dos hijos. Es otra víctima en esta lucha sin igual por la vida. Tenía apenas 33 años y todos sus cercanos afirman que era un joven pletórico de alegría, siempre dispuesto a servir a quien lo necesitara. Luchó infructuosamente durante doce días contra el mal, en la unidad de cuidados intensivos de la clínica en la que desde hacía un año venía trabajando. Este enemigo mortal no discrimina, arrasa con las vidas de jóvenes y viejos. Carlos Fabian fue el primer médico colombiano caído en la valerosa y heroica lucha contra el coronavirus. Desde la clínica, en medio de los aplausos atronadores de sus colegas y demás trabajadores de la clínica, salió el carro fúnebre con el cuerpo del inmolado galeno, enmarcado su solitario desfile por una larguísima calle de honor, el honor que Carlos Fabian y todos los médicos del mundo deben recibir siempre de sus conciudadanos. Luego, se confirmó la muerte del segundo médico en Colombia, el Doctor William Gutiérrez, en el Hospital Militar en Bogotá. Era jefe de la unidad de cuidados intensivos de la Clínica Olaya Herrera. Hacía unos días había salido a los medios de comunicación a pedir a los colombianos “Quédate en casa. Cuida de los tuyos y de los nuestros”. Hoy, es otra vida ofrendada en la titánica lucha contra la muerte que representa el virus de la corona.

Confiamos en que el gobierno proporcionará pronto a los profesionales de la salud las armas y los escudos que necesitan para defender sus vidas y cumplir su misión de salvar las de otros. Confiamos en que, de esta manera, no se tenga que asistir al sacrificio de otras vidas de estos abnegados servidores.

La pandemia pasará algún día, más pronto que tarde, confiamos, y, entonces, sabremos nítidamente que el sacrificio de todas estas vidas no fue inútil. Los gobernantes de todos los estados habrán comprendido que la salud no es un servicio cualquiera que se pueda entregar en las fauces de la jauría que va detrás del lucro y las ganancias exorbitantes. Clara tendrá que haber quedado la relación entre Estado y empresas privadas en este campo. Claro tendrá que estar que los trabajadores de la salud no pueden quedar supeditados al libre juego de un mercado que los expolia de la manera más inmisericorde. Claro tendrá que estar que una re-valoración del trabajo es inexorable, del trabajo de los bomberos, de los campesinos, de los educadores, de las mujeres y de todos aquellos y aquellas que garantizan que la sociedad y el Estado funcionen, y, lo más importante, que hacen posible la supervivencia de los seres humanos y su convivencia armónica con la naturaleza. Quedará claro que es inexorable un replanteamiento de lo que es útil y de lo que es inútil, de lo que es esencial y de lo que es superfluo. Claro es que se necesita un re-direccionamiento del proceso civilizatorio.

Carlos Fabián, Li Wenliang, Sara, Isabel, Lisa, William, ¡vuestro sacrificio no ha sido en vano! La humanidad os rinde homenaje de pie. El mundo no será el mismo gracias a vuestra lucha. Pa delante!

Para la salud, la vida y la paz, todo. Para la guerra y la muerte, nada!

En Cali, a los 11 días del mes de abril de 2020, en el XXII día de la cuarentena, con 2780 contagiados, 100 muertos y 214 recuperados en Colombia, y 1.691.719 contagiados, 102.525 muertos y 376.500 curados en el planeta.

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