Educar para la Paz en medio de la Violencia

¿Sirven los principios y postulados de la no-violencia? A propósito del inicio del año escolar

Los colegios y escuelas oficiales de Colombia retoman el andar a partir del 20 de enero, las aulas se llenan de pedagogía, de nobles intenciones y de proyectos, llegarán también luego los estudiantes y sus familias al mundo del aprendizaje en la escuela. Con grandes esperanzas, con grandes ilusiones, con gran optimismo, con fe, con mucha convicción, pero en medio de la triste y renovada violencia que sigue desangrando a esta patria nuestra que parece no creer que la paz sea realmente posible.

¿Qué hacer desde las aulas? ¿Sirve realmente educar para la paz desde la escuela? Pareciera que no, que los esfuerzos formativos de las nuevas generaciones se quedan solo en buenas intenciones, que los sicarios de hoy, con edades entre los 14 y los 30 años (por poner un rango etáreo) fueron los niños educados bajo los postulados de la paz que la escuela adoptó progresivamente a partir de la vigencia de la Constitución de 1991. Y de sus manos sale la muerte para los hombres y mujeres que lideran la transformación social del país. ¿Qué está mal? ¿Qué nos pasa, qué nos sigue pasando?

Hay unas élites enquistadas en la corrupción (¿somos el país más corrupto del planeta?) y los actuares violentos, que no se detienen ante barreras morales o éticas para realizar sus fechorías en pos del enriquecimiento, despojando, desplazando o desapareciendo a quien se interponga en sus propósitos.

Esto es cierto. Hay unas autoridades incapaces, ineptas, que no logran, o no quieren, articular las políticas públicas para detener el desangre, son autoridades, en muchos casos, al servicio de las empresas de la muerte.

Probado está, una y otra vez (ministros de defensa, comandantes de las fuerzas armadas, coroneles, congresistas, presidentes que evaden el conflicto, etc).

Y los educadores, ¿qué hacemos ante todo esto? Pues no podemos, al menos, iniciar un año lectivo sin reflexionar acerca de lo que nos pasa, de lo que nos sigue pasando, acerca de los discursos de odio, del papel de los líderes y lideresas sociales, del valor de la paz y de la no violencia.

¿Sirve educar en y para la no violencia? No vemos otro camino. La no violencia es, antes que todo, una actitud frente a la vida. No significa no hacer nada frente a la agresión o a la violencia; significa responder de manera pacífica, no violenta. Gandhi, explicó esto, utilizando dos palabras; ahimsa es la ausencia de violencia, pero ella no correspondía plenamente a sus intenciones transformadoras. Por ello, eligió un concepto más integral y apropiado, satyagraha, que significa “la fuerza de la verdad”. Así pues, actuar no violentamente, no significa quedarse quieto, no hacer nada. En “Educación para la Paz, prácticas restaurativas en la vida escolar”, escribí hace un tiempo: “Es más sencillo promover la guerra que la paz, es más sencillo acabar una paz que una guerra, porque la paz es frágil y la guerra es resistente”, ha escrito Kurlansky (2015:92). En nuestra patria, tenemos razones para creer que estas tesis son válidas. Para desarrollar y mantener las actitudes no violentas, es necesario invertir mucha creatividad y una poderosa imaginación.


Muchas personas que abrazaron la idea de la no violencia, en coyunturas en las que la guerra estaba vigente, fueron acusadas de traición y eventualmente condenadas incluso a penas de prisión. Un ejemplo emblemático, por la trascendencia universal de sus acciones, fue Muhammad Alí. Él, quien se ganaba su vida a golpes, como profesional del boxeo, desde que fuera campeón olímpico en 1960, se convirtió en un ícono de la no violencia, pues se negó a empuñar las armas, como miembro de las Fuerzas Armadas de su país, para ir a combatir en la terrible, trágica e injusta Guerra de Vietnam. “Ningún asiático me ha hecho nada; en cambio, en mi país me discriminan por ser negro”, solía decir el campeón, quien había cambiado su nombre original (Classius Clay), por considerarlo heredero de la tradición esclavista. Su rechazoa la guerra, fue una expresión de la objeción de conciencia, a sabiendas de las duras consecuencias que para él tendría el ejercicio de este derecho. No estuvo lejos, en esta posición, de las ideas de Martín Luther King, quien entregó su vida, literalmente, por la defensa de los derechos civiles para todos los estadounidenses, sin excepción, exigiendo el fin de la discriminación y de la violencia contra la población negra.

Grandes escritores como Mark Twain y Bertrand Russel, en diferentes latitudes, se enfrentaron a la guerra con sus escritos y declaraciones, jalonando procesos de reflexión y de cambio. Ni hablar de lo que, además de Gandhi, Martin Luther King y Nelson Mandela, han hecho las madres de la Plaza de Mayo, los campesinos e indígenas de Colombia, las organizaciones de mujeres, muchos maestros y maestras, el padre Francisco de Roux, entre otros y otras.

La escuela, los educadores, debemos todos reaccionar ante la violencia, pero con la convicción de que el camino es la no violencia. La movilización masiva, consciente, con objetivos claros y precisos en favor de la paz, contribuirá siempre a movilizar también los corazones y las mentes de los violentos.

No es tan fácil, claro, nunca lo ha sido. Las luchas pacíficas que jóvenes como Greta Thumberg han desencadenado en defensa del planeta y de un desarrollo sostenible, llegan a hacer temblar el poder de los imperios o de gobernantes insensibles como los Trump y los Bolsonaro. ¿Pequeñas cosas?
Bueno, al iniciar el camino, tenemos la posibilidad de abordar la reflexión con docentes, estudiantes y toda la comunidad educativa acerca del valor de la movilización no violenta en favor de la paz, de la paz con nosotros mismos, con los demás, con la naturaleza y hasta con dios. Trabajar por la consolidación de ambientes de aprendizaje sanos, justos, respetuosos, amorosos, equitativos, con base en un profundo respeto por los derechos humanos, por lo que están viviendo y sintiendo los estudiantes, sus familias, los trabajadores, los padres de familia y todos los que conforman la comunidad educativa. Construir comunidad, sentirse comunidad, con un enfoque centrado en el fortalecimiento de las relaciones interpersonales, en la sanación de las que se deterioran por cualquier causas, buscar que, con este enfoque restaurativo, la educación tenga sentido para nuestros estudiantes, que les ayude a ser más felices, al menos en ese territorio de vida y de paz que ha de ser la escuela, mientras se fortalece también la formación del espíritu y el pensamiento crítico y la capacidad imaginativa y creativa. No solo será entonces enfocarse en los altos rendimientos académicos.

Para la vida y la paz, todo. Para la guerra y la muerte, nada!

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