Ética, Educación y Pandemia

Educación
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La pandemia ocasionada por el coronavirus se establece más como una oportunidad, como una alternativa de cambio, que como un castigo divino o como una retaliación de uno u otro país o una forma de hacer la guerra. En realidad aquí no voy a hablar del coronavirus o Covid – 19 desde el punto de vista médico, biológico o político – pues no son mi campo ni están en mis dominios disciplinares – sino desde lo educativo y, en particular, cómo veo la trilogía ética – educación y pandemia. Considero urgente e importante ver cómo al interior de las comunidades actuales, de las prácticas culturales, de los contextos educativos, se establecen otras relaciones éticas a la luz de los cambios que se vienen dando con razón de la pandemia ocasionada por la proliferación del Covid-19.

El mundo en su desarrollo, ha pasado por muchos momentos, etapas, fases o procesos, por modos de producción diferentes y por crisis, situaciones éstas que han determinado no sólo las actitudes de las personas en general sino también de los estados o naciones cuando sus gobernantes proponen o asumen políticas oficiales para atender tales eventos. Estas medidas de un modo u otro, con mayor o menor efectividad o eficacia, han contribuido a sortear la crisis, a atender las diferentes problemáticas sociales y a hacer nuevas propuestas o cambios en la superestructura social, como en las ciencias, las artes y las humanidades.

También es cierto, claro, que el mundo de hoy no es el mismo de hace dos décadas (whats App apenas empezó en febrero de 2009, twiter en marzo de 2006, instagram octubre de 2010, Facebook en febrero de 2004: como puede verse, todas estas aplicaciones empezaron en la primera década de este siglo) y que la forma como se expandían las noticias las noticias hace uno o dos siglos, no es la misma – ni en velocidad, ni en impacto – a la manera como se hace hoy. Esta inmersión en ese mundo virtual, en esa realidad virtual, no sólo afecta o transforma las comunicaciones sino también la forma de relacionarnos, la afectividad y las emociones, además de las prácticas sociales y culturales, que incluyen las formas de trabajo, las expresiones artísticas, las manifestaciones de afecto, el acceso a la educación en sus diferentes tipos y las herramientas educativas.

Comparto con Denise Najmanovich que no existe una sola realidad, que cada uno habla de su realidad desde sus propias vivencias, que lo que vivimos está mediado por las relaciones que sostenemos con los demás y el entorno, por las dinámicas vinculares que se establecen entre los participantes. Pero esas dinámicas han cambiado con la virtualidad, con las redes y con las múltiples formas de comunicación de masas. Como dice Mariana Aggio, “de la revolución industrial pasamos a la tecnológica y de ésta a la revolución mental. ¿Cuál es la diferencia entre el mundo verdadero y el mundo virtual?” ¿Cuál es la diferencia entre las posibles realidades y la virtualidad?

Alessandro Baricco muestra la virtualidad como un ultramundo al que es más fácil acceder ahora que hace una década, a través de la cual se establecen unas relaciones más fuertes pero también más inestables, “Aunque para unos sectores de población el acceso es más difícil e intermitente, para quienes sí lo pueden, el acceso es más permanente, no obstante se establezcan relaciones intangibles fundamentadas en lazos también intangibles y por lo mismo más inestables”. (García).

Arriba hacía referencia a ciertos momentos de crisis, épocas o períodos de la historia en que los eventos que suceden provocan cambios tan sustanciales que determinan el desarrollo subsiguiente de ese modo de producción y establecen otro tipo de relaciones entre las instancias superestructurales y la cuestión económica. Un evento de salud actual, prolongado y crítico, es la pandemia a que se viene sometiendo el mundo, en general, a partir del 11 de marzo de 2020, cuando fue declarada por la OMS, luego de la expansión del Coronavirus o Covid-19, identificado por primera vez el 1 de diciembre de 2019 en la ciudad de Wuhan, capital de la provincia de Hubei, en la China Central. Ante esta situación, muchos gobiernos han optado – unos más oportunamente que otros – por declarar su población en cuarentena o asilamiento, a fin de reducir los estragos del virus, de prevenir el contagio masivo, de reducir la cantidad de muertes como una de las consecuencias del contagio.

Aunque el diccionario de la Real Academia de la Lengua, en sus opciones 3 y 5, respectivamente,define cuarentena como el “conjunto de 40 unidades” y “Tiempo de 40 días, meses o años” y en la 7 dice “aislamiento preventivo a que se somete durante un período de tiempo, por razones sanitarias, a personas o animales”, ciertos gobiernos se han decidido por la opción 7 como la medida más eficiente para evitar el contagio masivo por el Covid-19.

Todo este preámbulo para llegar al meollo de la situación: ¿Cómo hacer de la educación básica un lugar de relevancia y freno a la expulsión y a la discriminación, después de la pandemia? La gente se mantiene y sostiene en su doble realidad, la de su realidad personal y la virtual que riñen con la realidad propuesta por el sistema educativo actual en Colombia. Porque una cosa es ese estado casi de abandono y otras de abandono total en que viven muchos de nuestros estudiantes y sus familiar y otra muy diferentes es el imaginario del gobierno que lanza propuestas generales, casi universales, sin conocer ni reconocer los diferentes contextos de desarrollo de nuestras comunidades educativas. Muy bonito es decir que casi todas las instituciones educativas tienen computadores portátiles y tablets, pero muy diferente es reconocer que esas tablets entregadas con el programa Computadores Para Educar (nacido hacia marzo de 2001) ya están obsoletas en todo sentido.

Hay necesidad de hacer nuevos acuerdos con la comunidad educativa para que todos podamos volver juntos y completos a la escuela después de la cuarentena, después de la pandemia. Es necesario reinventar la clase, el maestro ya no es el centro y menos los contenidos como eje temático de sus clases. Las competencias no son ya más académicas, la evaluación no puede verificar sólo la adquisición de dichos contenidos. La hegemonía de la clase tradicional no puede trasladarse a la virtualidad; se hace necesario establecer unas relaciones heterárquicas a nivel de toda la comunidad en las que cada uno de los docentes o directivos docentes, en su momento, pueda y esté capacitado para orientar los procesos educativos y formativos, lo cual no significa que cada uno marchará como rueda suelta, sino que en determinado momento quien tenga una visión más clara del asunto, quien tenga una perspectiva más amplia de la situación podrá tomar y coordinar y orientar otra dirección, la que considere adecuada, tomando en cuenta las circunstancias o el momento específico en que se vive, el contexto propio.

Paul Freire hablaba de la necesidad de formar sujetos capaces de transformar la comunidad. Para nuestro caso, sería cómo fusionar y relacionar los contenidos curriculares con la pandemia, con el contexto de cada sede, de cada sector, partir de la problemática social. Nosotros, como docentes muchas veces nos negamos a aceptar la autonomía relativa de nuestra comunidad estudiantil y no los reconocemos como un otro, como ese sujeto que es capaz de transformar o contribuir a la transformación de nuestra practica educativa. Las mismas condiciones del relacionamiento entre los elementos de la comunidad educativa han hecho que esas partes se sientan minimizadas, que el miedo permee esas relaciones y que, por lo mismo, se vean obligados a aceptar la posición incuestionable y diáfana del profesor como el que todo lo sabe, lo puede y lo dispone, En estos tiempos de pandemia, cuando las prácticas de aula cambiaron su espacio – el salón de clase ya no es el aula de clase, ni hay pasillos ni timbre ni descanso programado, ni tiempo estricto de entrada o salida ni de jornada ni tampoco la presencia coercitiva del docente sino un ambiente familiar inimaginable para el maestro, con cientos de distracciones, con más o menos control, con la presencia de un padre o una madre que además de atender al niño debe atender su teletrabajo y sus funciones en la casa – en estos tiempos de pandemia, se hace necesario y urgente el establecimiento de otros relacionamientos correspondientes a la nueva dinámica vincular que se establece entre las partes.

¿Qué diferencias hay entre el mundo antes y el mundo después de la pandemia’? ¿Para qué estamos educando? O mejor, ¿Para qué o para quién estamos formando? Los valores que se han venido acrisolando en las comunidades azotadas por el Covid – 19, están transformando las prácticas sociales y culturales de esas sociedades. El hombre se ha dado cuenta de que el Universo reclamaba hacía mucho tiempo por una mirada compasiva y transformadora ante la destrucción a que estaba siendo sometido. Fue necesaria una circunstancia excepcional que afectara a todos, para empezar a tomar medidas de control sobre el consumo, desplazamiento, comportamientos y hábitos de los seres humanos. Cuando las condiciones sociales de un modo de producción entran en crisis, se produce una especie de implosión que genera otras formas de condicionamiento, otras relaciones al interior de esas estructuras y constituyen otro modo de producción. Esta pandemia se convierte en el talón de Aquiles, en el florero de Llorente, en el detonante de nuevas relaciones al interior de todas las comunidades.

¿Cuáles son las tendencias culturales actuales y dónde están nuestros estudiantes, qué hacen, qué estudian? ¿Cómo lo hacen? Hay que revisar estas tendencias culturales, tanto de los padres como de los docentes y directivos. Ya no es solo una voz, es una polifonía de voces la que nos embarga y nos rodea, con quién hay que contar para construir los nuevos acuerdos, a partir de las nuevas interacciones o dinámicas vinculares.

Es necesario revisar la documentación pedagógica y los recursos didácticos con la que se ha trabajado hasta ahora en el aula de clase, en la escuela tradicional. La educación formal debe revisar tanto sus contenidos curriculares como las competencias que pretende desarrollar con los niños, niñas, jóvenes y/o adolescentes. Es necesaria la construcción o el diseño de nuevas competencias ciudadanas, éticas y ecológicas que permitan así mismo la construcción de ciudadanos interplanetarios, universales, éticos y ecológicos que miren y reconozcan al otro como sujeto activo de su propia educación, que se relacionan de otra manera en un mundo cambiante y cambiado, que incluya competencias emocionales adecuadas al contexto que están viviendo, al mundo por vivir, a la manera de conectarse o relacionarse con los demás. Las dinámicas de relacionamiento han cambiado y van a seguir cambiando y unos y otros – dinámicas y personas humanas participantes en esas interacciones – deben adecuarse a dichas transformaciones. Más que humanos, debemos ser personas, personas humanas que piensan en el otro, que lo acepten en la diferencia, que desde la alteridad y desde cooperativismo construyamos un mundo nuevo. Esta es la ocasión para propiciarse el dialogo constructivo y construyente más que la discusión y el conflicto.

La relación y proporción del tiempo ya no es la misma y menos desde la virtualidad. Hay que ser más flexibles y tolerantes tanto en el manejo del tiempo como en la distribución del mismo; los tiempos pedagógicos deben adaptarse a las nuevas dinámicas vinculares que se generen después de la pandemia.

Hay que complejizar las actividades, donde complejo no significa complicado sino vinculante, intervinculante, interdisciplinar, macroestructurado; el niño debe entender que ya no es un sujeto pasivo, que él está vinculado directamente a los procesos pedagógicos, a su proceso educativo.

Diálogo y conversación deben salir de la escuela, del aula de clase, deben establecerse como pre requisitos para las nuevas relaciones trialógicas entre docentes, estudiantes y padres de familia en sus nuevos roles. Saber cómo están los niños, cómo se sienten, qué tanto han sido afectados, atropellados, atacados, o beneficiados por las nuevas circunstancias y qué podemos hacer nosotros no como docentes sino como personas frente a esas personitas en construcción.

“El terror es una condición en la cual lo imaginario domina completamente la imaginación”. (Baricco)

Nosotros como docentes, en cualquier nivel, podemos aprovechar la coyuntura y podemos formar sujetos con capacidad de imaginar lo que viene y llegar a acuerdos sobre determinados contenidos, que sostengan la carrera, el curso, el grado, el proceso educativo para que puedan acceder al nivel siguiente, pero no cientos de contenidos. Es una revolución mental la que estamos viviendo, debemos constituirnos en comunidad, desde una perspectiva solidaría, para que cada niño pueda terminar sus estudios y no se retire, no se expulse del sistema. Es decir, tenemos la posibilidad de aprovechar este tiempo y pensar distinto. De aprender a pensar distinto.

En estas condiciones ¿Cómo pensar en la evaluación de los aprendizajes? Es prematuro pensar en evaluación en este contexto, cuando no se ha definido la práctica de la enseñanza que se va a desarrollar… (Evaluar es determinar si estamos aprendiendo bien). Bien podríamos, entonces, reformar nuestra enseñanza – una y otra vez -hasta que nuestros estudiantes aprendan. Hay que producir evaluaciones que tengan sentido, no evaluar como si nada estuviera pasando, hacer evaluaciones creativas, por ejemplo trabajar en la construcción de relatos, aprovechar la crónica como relato para construir y reconstruir la historia y con la ayuda de las TIC hacer pequeñas o grandes producciones multimediales, coherentes con los niveles de estudio y de dominio que se tengan.

En el medio docente tenemos compañeros maestros con muchos años de experiencia y gran dominio curricular; otros con lo primero y menos con lo segundo. Pero, para ambos casos, ¿cómo reinventar las mentes de los especialistas tradicionales hacia otras y nuevas prácticas educativas?. Las formas culturales no van a esperar a que se den los cambios educativos. Se les puede vincular a las nuevas propuestas, invitarlos a que se vinculen a las prácticas innovadoras, al nuevo trabajo de los estudiantes. Se hace necesario fortalecer el trabajo colaborativo y vinculante

¿Qué ayudaría a diseñar los acuerdos que acabo de mencionar y que deben ser institucionales?

  1. Reconocer al estudiante como un otro, capaz de decir y aportar, de dialogar. 2. Dialogar con las partes la validez de los programas y contenidos propuestos. 3. Revisar las responsabilidades de los integrantes de la comunidad educativa 4. Revisar qué tiene sentido, qué es relevante en lo que viene, en los nuevos modelos o enfoques educativos, en las nuevas metodologías. 5. Los conceptos de tiempo, espacio y currículo deben ser replanteados a partir de esta nueva versión de la realidad. Estos eran limitantes. Se sugiere entonces, trabajar también sobre los límites en todos los aspectos. ¿Y las poblaciones vulnerables? ¿Qué pasa con aquellas que no tienen acceso a la conectividad ni a los medios? Surge aquí la posibilidad de desarrollar o revisar las políticas de la educación pública frente a las nuevas circunstancias. Retomar los libros, las impresiones, la radio, la tv no es retroceder, esa adaptarse a las circunstancias, es decirle al estudiante que él existe para mí como docente, que yo reconozco sus dificultades pero acepto sus posibilidades y las de sus padres para desarrollar en equipo las metas o procesos propuestos. 6. Finalmente hay que establecer otras formas de comunicación, que operen sobre el sentido común y que vinculen a toda la comunidad: Reconocer al otro que está en cuarentena, en sus posibilidades.

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