Juliet… Otra víctima de la violencia de estado.

masacre
masacre

Fue una de las 9 personas asesinadas en la noche del 9 de septiembre, justo el Día Nacional de los derechos humanos, la mayoría de ellas jóvenes. Nuestra indeclinable convicción de apego a la no-violencia, no puede quebrarse ni hoy ni nunca. Pero, ¿Cómo pedirles a los colombianos y colombianas que son víctimas de las agresiones violentas y mortales de agentes del Estado que no reaccionen con furia ante tales agresiones?

¿Cómo murió Angie? ¿Estaba protestando? ¿Participaba activamente en la movilización popular en reacción a la violencia policial? Al parecer no. Iba para su casa, se vio en medio de los enfrentamientos. Pero, aunque se pudiera confirmar la hipótesis de que participó, ¿por qué es asesinada por impactos de bala? Las imágenes que se han transmitido de lo ocurrido anoche, muestran el uso inconfundible de armas de fuego por parte de algunos policías. Es claro, que no podemos afirmar con certeza plena que fue un disparo de la policía el que segó la vida de Juliet, deben precisarlo las investigaciones.

No hay duda, siempre ha sido así. La violencia genera violencia y ella puede llevarnos a escaladas sin fin, en las cuales las víctimas serán mayoritariamente los ciudadanos y ciudadanas desarmados. Pero el análisis difiere cuando se hace énfasis en el momento en el cual se inicia la agresión violenta. Unos lo comienzan, por ejemplo, en el momento en que Javier Ordoñez, el abogado asesinado, desacata las instrucciones de los policías y opone resistencia a la retención, motivada por razones que no conocemos muy bien. Acto violento número uno.

Otros se enfocan en la acción represiva de los policías contra el ciudadano que se opone a la retención, acción que está evidenciada por las filmaciones realizadas de ese momento violento, con el uso persistente e infame del taser (pistola eléctrica) por parte de al menos un agente, cuando el abogado está ya en posición de indefensión y está clamando que no lo agredan más. Es más, hay personas gritando, pidiendo lo mismo, que no lo agredan más, que ya está inmovilizado. Pero el acto violento continuó. Acto violento número dos.

Imposible no recordar las imágenes del ciudadano afrodescendiente de los Estados Unidos George Floyd, sometido violentamente por policías, produciéndole el ahogo que ocasionó finalmente su muerte. Las rodillas de nuestro policía aplicadas sobre el cuerpo de Javier Ordoñez, mientras ponía el taser sobre su humanidad, nos hacen evocar esos terribles momentos que vivió Floyd: «I can´t breathe» (no puedo respirar), decía, y no respiró más. Muerto, producto de un acto de violencia y de abuso policial indiscutible. Policías en diversos estados comprendieron lo terriblemente equivocado de la actuación de sus colegas, y en un acto de contricción, con alto contenido humano pero también político, salieron a pedir perdón, a ofrecer excusas a la familia y a la comunidad afrodescendiente de los Estados Unidos. En algunos casos, pusieron rodilla en tierra pero esta vez para simbolizar el arrepentimiento y la disposición para reparar lo que dañó su institución con los actos violentos de sus compañeros.

En Bogotá, no se produjeron tales actos de contrición, de reconocimiento de la conducta equivocada, lo cual podría haber contribuido a apaciguar en algo los ánimos del pueblo enfurecido. No, no se hizo tal cosa. Tal vez nuestras autoridades de policía no están preparadas para eso, más bien han sido preparadas para eliminar al enemigo, en el nítido lenguaje de la guerra. Es claro que los actos de protesta que se convierten en vandalismo no son actos pacíficos y van a requerir respuesta de la autoridad para enfrentarlos, para disuadirlos, para impedirlos, para reprimirlos, pero esa respuesta debe ser proporcionada, justa, equilibrada, con la fuerza necesaria para que cese la perturbación. Lo que hubo fue uso desmedido de la fuerza, abuso del poder de la autoridad, uso de armas de fuego, disparos con esas armas y hombres y mujeres que cayeron asesinados por ellas.

Los jóvenes contestatarios y protestantes fueron convertidos en «el enemigo», y a este se le puede tirar a matar, a «eliminarlo». Para impedir que este sea el comportamiento de nuestros uniformados, tendrían que estar profundamente formados en la escuela del respeto por la vida y demás derechos humanos. Lo que hay, en cambio, es una convicción, profundamente inyectada en el alma, la mente y los cuerpos de estos hombres y mujeres encargados de llevar las armas y proteger la vida, honra y bienes de los colombianos, de que todo lo que se mueva en contra del statu quo, del «orden», es terrorismo puro, son actos siempre impulsados por la guerrilla (tal vez la «juventud Far» o la «nueva generación Far»), en fin por la izquierda o el «castrochavismo».

Y con este enfoque, es muy posible visibilizar al otro, al que subvierte el orden que se defiende, como objeto de represión sin límite. Así, se hace imposible asumir la digna actitud de quien reconoce que ha habido errores en los procedimientos, que algunos uniformados se equivocaron en su actuación y quebrantaron los principios y los valores que se comprometieron a defender; que hay algo que se debe corregir y cambiar.

El Estado de derecho (lo que queda de él), está en grave peligro. Una policía con permiso para matar (ya son muchos casos; recordemos solo el del estudiante Dylan Cruz) constituye grave afrenta a los pilares de ese Estado de derecho (además «social»). Salir ahora a decir que lo que se debe es fortalecer a la policía y demás fuerzas armadas del Estado, sin realizar el justo reconocimiento de las acciones violentas injustas, es elegir el camino equivocado. Claro que deben fortalecerse las fuerzas armadas del Estado, sin duda; pero con la formación de hombres y mujeres que aprendan bien las lecciones de lo que son los derechos humanos, de lo que vale la vida y lo que hay que hacer para defenderla, no para eliminarla.

In Memoriam: por Juliet, por Dylan, por Javier, Jaider Alexander, Fredy, German Smith, Andrés, Angie, Julián, Cristian, Lorwan…

¡Para la vida y la paz, todo. Para la guerra, la muerte y la violencia, …nada!

En Cali, a los 10 días del mes de septiembre de 2020, cuando no nos mata solo la pandemia del coronavirus sino también las balas de los agentes del Estado y las balas de los violentos que, organizados en poderosas bandas criminales (disidencias, clanes, pachencas, mexicanos,…) son dueños y señores de la vida y de la muerte en muchas regiones del país. Y por la pandemia, 22.275 muertos y 694.664 contagiados en Colombia.

https://www.semana.com/nacion/articulo/quien-era-julieth-ramirez-una-joven-que-murio-por-arma-de-fuego-en-protestas/702554/

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*