La Educación y su papel en la develación de la mentira, la búsqueda de la verdad y la formación del espíritu crítico

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“Todavía sigue olvidado el arte de formar a los hombres, que es la primera de todas las utilidades”.
J.J. Rousseau, Emilio o la educación

En los descomplicados tiempos de la vida colegial, escuchaba con fascinación las disertaciones del profesor Gonzalo Suárez acerca de Bolívar. Nos hablaba del héroe libertador narrando sus hazañas de la mano de los historiadores que las glorificaban, pero también sacaba tiempo para compartirnos la visión de sus críticos, incluso tan viscerales como el ilustre pastuso José R. Sañudo. Él maestro tenía su propia visión, más inclinada a concordar con quienes glorificaban al libertador, pero no se contenía para permitir que se oyera la voz de quienes lo juzgaban como un dictador o un sátrapa.

En ese mismo escenario, es estimulante evocar al profesor Efraín Aragón cuando hablaba a sus estudiantes, niños apenas de tercero de bachillerato, sobre los hechos que ocurrían en nuestra patria. Nos contó, por ejemplo, acerca de la masacre del pueblo indígena Cuiba, en los llanos orientales (masacre de la Rubiera ocurrida en 1967). Su narración partía de la versión de los masacradores (no se hablaba de “homicidios colectivos” en ese entonces), quienes afirmaban que no sabían que matar indios era delito. Cuestionaba si esa afirmación podía ser aceptada como justificación de un crimen tan atroz. Recuerdo cómo sus explicaciones derivaron hacia la lectura de algún párrafo del libro “Siervos de dios y amos de indios” de Víctor Daniel Bonilla, en el cual se cuestionaba la obra de cierta comunidad religiosa que se había encargado de adoctrinar a los indios en la región oriental de Colombia.

¿Qué hay de valioso en los actos de estos educadores? ¿Qué de ello es relevante cuando hablamos de la formación del espíritu crítico en los estudiantes? ¿Contribuyeron de alguna manera a la elucidación de la verdad en relación con los hechos comentados? No se limitaron simplemente a narrar los hechos o a hacer que sus estudiantes aprendieran las versiones que los libros o algunas entidades o personas dieron de los acontecimientos. Ellos permitieron e incitaron la comparación de versiones y, sobre todo, plantearon preguntas reflexivas acerca de los hechos, preguntas problémicas o problematizadoras diríamos hoy. Y frente a esas preguntas, los estudiantes podían, motivados por los maestros, expresar sus pareceres, en algunas ocasiones expresados en otras preguntas. En esa relación pedagógica, entre saber, educador y educando, el maestro asume así una posición activa, crítica, analítica. Su ejemplo resulta valioso para el aprendiz, en su formación.

Es posible que no estuvieran los maestros aún mediatizados por los conceptos de la pedagogía, pero lo que estaban haciendo era estableciendo una relación dialógica con los hechos y con los estudiantes, de estos con su realidad. Otros, como efectivamente ocurría, podrían haberse limitado a describir o a narrar simplemente los hechos. Ese actuar pedagógico crítico dejó huella en quien ahora escribe este ensayo.

Luego, cuando me vi envuelto en los debates políticos, en el proceso de formación universitaria, en el debate de las ideas de derecha, de centro, de izquierda y de extrema izquierda, no fue poco lo que me sirvieron aquellos principios y valores recibidos de los maestros de la educación básica y media referidos. Simpatizaba con las ideas de izquierda, con las vidas y obras de mujeres que en Colombia y en el mundo habían luchado contra la injusticia y a favor de la igualdad y la democracia. Pero tenía en mi espíritu ya sembrada la semilla de la actitud crítica y ella me permitía y me impulsaba a preguntar, a cuestionar, a discutir sobre temas que para algunos defensores de ciertas ideologías resultaban intocables, indiscutibles. Mi espíritu no me permitía acoger sus afirmaciones como si se tratara de verdades reveladas. La verdad, en mi sentir, había que buscarla hasta encontrarla. Nadie, ni siquiera una autoridad, me la podía
imponer.

Hoy, en medio de los “tiempos líquidos” de los que habla Zygmunt Bauman, resulta muy relevante preguntarse por cuál puede ser el papel de la educación y de los educadores en la formación del espíritu crítico de los educandos. Son tiempos en los que el miedo se ha tomado la vida de las personas y las comunidades, miedo a la naturaleza, miedo al terrorismo y a la violencia, miedo a la incertidumbre, miedo a la pobreza y la marginación, miedo a los otros. Quizás hubo un tiempo en el que los ciudadanos pudieron confiar en la idea de que el Estado o los Estados podrían crear las condiciones que les garantizaran cierta seguridad, tranquilidad y paz. La imposición de modelos socioeconómicos y políticos en los que las políticas de intervención estatal en favor de los más empobrecidos se debilitaron (triunfo del neoliberalismo) y quedó todo librado al “sálvese quien pueda”, ha intensificado los miedos en la población. Los más ricos temen a las masas empobrecidas que protestan y para enfrentarlas fortalecen políticas y legislaciones que tienden a limitar los derechos de los ciudadanos. Los más empobrecidos tratan de organizarse para enfrentar el poder que los excluye y los oprime, pero esta es una tarea habitualmente utópica. El fracaso del modelo socialista contribuyó a incrementar la desesperanza entre los que sueñan siempre con que un mundo mejor es posible.

Este es el marco propicio para el cultivo del fanatismo y del sectarismo. Para defender posiciones que se creen correctas y gravemente amenazadas por el “enemigo” en el que se convierte al “otro” o a los “otros”, el “nosotros” se afinca en una posición inexpugnable para acabar con ese “enemigo”. Es ahí donde se va consolidando lo que algunos denominan
“polarización”; “nosotros” se defiende desde un polo, los “otros” desde el otro polo. ¿Hay posibilidad de acercamiento, de mediación, de diálogo entre los polos? Seguramente sí, así se ha demostrado a lo largo de la historia, pero para que ello sea posible debe pagarse casi siempre un altísimo costo de víctimas, sangre, luchas, ensayos y errores. Así estamos en la Colombia de hoy.

El miedo expresado en fanatismo y sectarismo, se evidencia en situaciones como las que a continuación describo:

  1. Un policía disparó contra un ciudadano afrodescendiente en Kenosha, Winsconsin, dejándolo parapléjico. Cuando la gente protestaba contra este nuevo acto de brutalidad policial, un adolescente de 17 años, armado con un rifle, mató a dos jóvenes e hirió a otro. El asesino, Kyle Rittenhouse, se había armado con un fusil de asalto AR-15 y viajó desde otra ciudad para ir a “defender las propiedades y los valores de la comunidad blanca”. Había escrito que “Blue lives matter” (las vidas azules importan) por oposición a “Black lives matter” (las vidas negran importan). Algunas personas juzgaron los actos de Kyle como “heroicos”, mientras que otros lo llamaron asesino y lo acusaron de estar al servicio del supremacismo blanco.
  2. En Bogotá, el 23 de noviembre de 2021, en una de las protestas antigubernamentales que se desataron por esos días en el país, el estudiante Dylan Cruz fue asesinado por un policía del Esmad. Algunas personas resaltaron que el policía disparó en legítima defensa de su vida. Otros expresaron que se trató de un asesinato aleve, dado que el estudiante no estaba en posición de ataque ni portaba armas. Las posiciones se mantuvieron así, aún después de que el vídeo que mostró detalladamente cómo fueron los hechos se difundiera ampliamente.
  3. Cuando una funcionaria de la Alcaldía de Tumaco, Nariño, se enteró de la masacre en la que murieron varias personas, emitió un trino en el que decía: “Ni me pregunten por los muertos de Tumaco, porque eso siempre ha sido así… Si Ud. anda en cosas que no debe, debe atenerse a las consecuencias”, “…cuando se matan entre bandidos nos da igual”. Esto, mientras muchos colombianos condenaban esa masacre y las demás que
    habían ocurrido por esos días en Cali y en Samaniego.
  4. Sobre las masacres ocurridas recientemente, el presidente de la República, y sus más altos funcionarios afirmaron que estos “homicidios colectivos” han ocurrido desde hace tiempo y que en el gobierno anterior ocurrieron muchas más que en el actual que lleva solo dos años. Además, resaltaron rápidamente que esos actos se debían a que los cultivos ilícitos de hoja de coca han crecido mucho más desde que se firmó el pacto de paz con la guerrilla de las Farc en 2019. Muchos respondieron que esas afirmaciones estaban preparando las fumigaciones con glifosato, que han sido literalmente prohibidas por la justicia, y que hablar así de las masacres de los colombianos es una verdadera afrenta a las víctimas.
  5. Un expresidente y senador de la República es llevado a prisión domiciliaria por la Corte Suprema de Justicia, por los delitos que presuntamente ha cometido. Muchas personas, siguiendo lo que dijo el mismo funcionario, expresaron que se trata de un fallo político, que la Corte es una organización mafiosa, que está aliada con la guerrilla y con el “senador Farc” Iván Cepeda. Hasta el Presidente dijo en los medios que se trataba de una injusticia privar de la libertad a una persona inocente y honorable como él. Otros muchos manifestaron que por fin se está haciendo justicia, que no hay nadie que pueda ser intocable para la justicia, que el expresidente debe responder por sus actos delictivos,
    que se deje actuar a la justicia independientemente.

Imaginemos cómo sería el proceso judicial en el que Giordano Bruno fue quemado vivo (17 de febrero de 1600) a causa de sus ideas heréticas, contrarias a las que defendía la Iglesia Católica. Era un científico, precursor de las ideas y conocimientos que luego serían apreciados como normales y correctos en el mundo de la ciencia. El Tribunal de la Santa Inquisición lo condenó a muerte, sin que nadie pudiera defenderlo. No había mucha posibilidad de difundir el juicio contra el científico, para lograr que el mundo se diera cuenta de lo que pasaba con él. El acto, producto del fanatismo más extremo, fue consumado en medio de la protesta de unos pocos. Así eran los tiempos. La verdad era la revelada por la Santa Inquisición. No era posible el debate abierto.

Mucho han cambiado las cosas. Estamos en los tiempos de la “Galaxia Gutenberg” prevista por Marshall McLuhan. El mundo es la aldea global que él imaginó. Los actos de los masacradores se conocen casi al instante de su ocurrencia. Tal vez los asesinos pueden esperar que no haya habido cámaras que grabaran sus acciones o testigos que les hayan visto, pero lo que no pueden impedir es que miles, millones de personas se enteren de lo que hicieron y exijan justicia por todos los medios. Algunas personas al parecer no entendieron eso o lo entendieron pero no les importó y siguieron realizando actos ilícitos y dañinos contra la vida de las personas y las comunidades, pensando que nunca se sabría quién o quiénes los realizaron, o confiando en que jamás habría poder alguno que los pudiera hallar, imputar, juzgar y condenar.

Las redes sociales permiten poner los hechos ante los ojos escrutadores de muchas personas, y sin embargo (como en el caso del vídeo que muestra el crimen de Dylan Cruz) las interpretaciones e inferencias acerca de ellos están marcadas por las ideas o las creencias que cada intérprete lleva en su mente, en su ser. ¿Cuál es la verdad? ¿Qué es lo que resulta indiscutible? No es fácil la respuesta. Se podría decir que hay que atenerse a los hechos, pero como se puede constatar, suele ocurrir lo que anunciaba Hannah Arendt al discurrir acerca de la mentira en el terreno de lo político: “No tenían ninguna necesidad de los hechos o de las informaciones; ellos tenían una teoría y todo lo que no concordara con ella era rechazado o deliberadamente ignorado” (1972, 43). Es decir, los hechos también son susceptibles de ser acomodados de acuerdo con las creencias o las ideas que se profesen.

Es el espíritu crítico, el ser capaz de pensar por sí mismos (el “sapere aude” de E. Kant), autónomamente, lo que nos podría permitir asumir posiciones más justas frente a lo que ocurre, para poder avanzar en pos de la verdad. Sin embargo, la formación de ese espíritu crítico choca con muchas barreras. Una de ellas, sigue siendo la imposibilidad (si no incapacidad) de leer textos y comprender lo que se lee, competencias que constituyen retos indiscutibles para los educadores. ¿Cómo, si no se han desarrollado las competencias lectoras, será posible que una persona pueda acceder por sí misma a la adquisición de los conocimientos, de los datos, de las inferencias que le permitan acercarse a la verdad? Parece claro que ante esta imposibilidad solo queda aquella de acudir a otros, escuchar o ver sus interpretaciones, y hay muchos que, utilizando la retórica o las habilidades para persuadir y convencer más que los argumentos analíticos para generar la reflexión, aprovechan para lograr que muchos les sigan en sus ideas o creencias, en muchos casos marcadas por el fanatismo y el sectarismo. Eso pueden hacer hoy aquellas personas a las que se suele rotular bajo el nombre de “influenciadores”, actuando al servicio de uno u otro bando.

Otra dificultad para la adquisición del pensamiento crítico se relaciona con las oportunidades que tengan los estudiantes en su proceso de aprendizaje de encontrarse con maestros que les propicien los espacios y los tiempos para realizar ejercicios de análisis y reflexión acerca de los hechos. Si hallan esas oportunidades, habría que ver el cómo de ellas, si se hace posible la participación activa, la expresión del pensamiento propio, si se permite la confrontación de las ideas mediante el diálogo respetuoso. Haría mucho bien al proceso formativo de los aprendices que se pudieran poner en práctica los principios y procedimientos que para el planteamiento de los “dilemas morales” previó George Lind. No se trata de generar enfrentamientos o simples discusiones, sino de permitir que un estudiante tenga la oportunidad de ponerse en el lugar del otro, incluso simulando que piensa como él. Es la aplicación de las prácticas dialógicas, escuchando respetuosamente la palabra del otro y logrando que este escuche a su vez atentamente a su interlocutor. Así se contribuye activamente a la formación del juicio moral.

En la práctica dialógica, el valor de la empatía juega un papel sustancial. Ser capaces, aunque sea por un momento, de tratar de sentir, de comprender lo que el otro siente, puede marcar la diferencia entre la escalada o la transformación positiva de un conflicto. Así lo ha presentado Daniel Goleman en su obra “La inteligencia social” (2006): ““La empatía- percibir las emociones de otro- parece ser tanto fisiológica como mental, y se construye al compartir el estado interior de otra persona. Esta danza biológica ocurre cuando cualquiera siente empatía con otra persona; el que experimenta empatía comparte sutilmente el estado fisiológico de la persona con la que está sintonizado”. “…mirarse a los ojos abre un camino para la empatía”. Sin embargo el miedo, la vergüenza y hasta la ira suelen impedir los acercamientos empáticos. Nos dejamos llevar por las emociones básicas y generamos sentimientos que nos hacen rechazar al otro. Y estos sentimientos pueden ser muy duraderos en el tiempo.

¿Qué ha ocurrido con todas esas personas que hoy contribuyen a proclamar y difundir mentiras sobre hechos públicamente conocidos, que contribuyen a la exacerbación de los sentimientos de odio y de ira? Existe la posibilidad de que estén realmente convencidas de que se trata de verdades indiscutibles. Así ha ocurrido con hombres que dispararon indiscriminadamente hasta matar a muchas personas con él ánimo de hacer justicia por su propia mano, en algún caso contra los mexicanos responsables de la pérdida de empleo de sus compatriotas (en Estados Unidos), según se los decía el mismo presidente de la nación, o para acabar con los pederastas y violentos que tendrían encerrados a muchos niños con el fin de vejarlos, como ocurrió en otro caso (la presunta líder de la conspiración, según ellos, era Hillary Clinton) . Creencias, fanatismos que han conducido a la violencia homicida. En estos hechos se podrían detectar seguramente los que manipulan y los manipulados. De estos últimos se podría decir que su espíritu crítico está obnubilado por el fanatismo, de los primeros no es fácil afirmar lo mismo, pues podrían estar sirviendo intencionalmente a fines de cualquier tipo, sin importar los medios que se deban utilizar, incluso la violencia homicida.

¿Bastaría la educación, para evitar todo esto, como decía Rousseau? “A las plantas las endereza el cultivo y a los hombres la educación.…todo cuanto nos falta al nacer, y cuanto necesitamos siendo adultos, se nos da por la educación”, este era el convencimiento del ginebrino ilustre. Y su contemporáneo Voltaire afirmaba: “La única arma que existe contra este monstruo es la razón. La única manera de impedir a los hombres ser absurdos y malvados es ilustrarles” (Savater 2015, 79). Y también Kant en su “Discurso sobre la Ilustración” resaltaba que solo por la educación ha llegado el hombre a ser tal.

Enorme voto de confianza de los filósofos ilustrados en los educadores y en la educación. Reto grande para ellos. Sin embargo, algunos dirán que de las mejores universidades y colegios del país y del mundo han salido algunos de los delincuentes más conspicuos y que, por tanto, la educación no es garantía para evitar la desviación de los espíritus. Pero son muchos, de otro lado, los que están hoy dispuestos a buscar y a encontrar la verdad, sin pretender para ello arrasar con quienes piensan diferente, asumiendo que estos tienen derecho a expresar libremente sus ideas, siempre, claro, en el marco de la sociedad democrática que impone unos límites. Así lo ha señalado Martha Nussbaum: “Pero el espacio para la subversión y el disentimiento debe mantenerse tan amplio como lo permita la concordancia con la estabilidad y el orden cívicos, y ese espacio será un tema muy importante en todo momento” ( Emociones políticas, 2014). La misma autora sostiene también que la tendencia a estigmatizar y a excluir a otras personas está presente en la naturaleza humana en sí y no es producto simplemente de una historia defectuosa o deficiente.

Los educadores debemos confiar plenamente en el valor de la educación, per se, en sus potencialidades, por ello es indispensable que proyectemos y despleguemos todos los dispositivos pedagógicos necesarios para fomentar la formación del espíritu crítico, del espíritu autónomo, de la valoración de las diferencias entre los seres humanos, el respeto profundo por la dignidad de todo ser humano sin importar su condición social, su raza, su género, su credo político o religioso. Por ello es tan importante que todos podamos asumir el compromiso de difundir la Declaración universal de los derechos humanos, como ese mínimo ético que insufla los valores indispensables para relacionarnos con los demás connacionales y con los ciudadanos del mundo entero. No es un compromiso de especialistas, es una exigencia ética para todos los educadores, sin excepción.

Y no debemos desmayar, pues “nuestra aproximación a la verdad es una tarea infinita y es preciso tener sensatez para reconocer que muchas de las preguntas que nos hacemos escaparán siempre a una respuesta que las cancele definitivamente…” (Voltaire, citado por Fernando Savater, 2015,23).

“Para la vida y la paz, todo. Para la guerra, la violencia y la muerte…, nada!”


Cali, Agosto 30 de 2020, en medio de la pandemia por coronavirus que a la fecha ha contagiado a 607.938 y matado a 19.364 colombianos, y contagiado a 25.042.342 y matado a 843.286 personas en el planeta.


BIBLIOGRAFÍA

  1. Rousseau, J.J, Emilio o de la educación.
  2. Bauman, Z. Tiempos líquidos, Tusquets, Buenos Aires, 2011.
  3. Savater, F. Voltaire contra los fanáticos. Ariel, Bogotá, 2015
  4. Goleman, D. Inteligencia Social. Planeta, Bogotá, 2006.
  5. Arendt, H. Du mensonge a la violence. Pocket, París, 2012

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