La masacre de la juventud lacera nuestra misma condición humana

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¿Quiénes son los causantes de las masacres y del genocidio que sigue desangrando a nuestra patria?

En Cali, las víctimas eran estudiantes. Cinco niños (menores de 18 años acribillados a balazos o degollados). En Samaniego, Nariño, eran estudiantes (¿8, 9 u 11?), esta vez universitarios, al menos algunos de ellos, de acuerdo con los primeros datos que se conocen. Al parecer, los jóvenes estaban realizando una reunión festiva, desacatando las medidas de aislamiento social establecidas en el período de cuarentena a causa de la pandemia que afecta a todo el país.

Sobre la masacre de Cali, algunas personas reaccionaron diciendo que algo malo debían estar haciendo los muchachos para que alguien los matara de esa manera. ¿Elevar cometas? Un cuento. ¿Comer caña? Una fábula. Seguramente violaron la propiedad privada de alguien y por ello recibieron el castigo fatal. Estas acusaciones se acompañaron de afirmaciones tales como “negros hps”, “basura”, “Allá viven todas las ratas de Cali era mejor hacer un falso positivo”, “gas con esos desechos humanos”, “Ellos son así, esa no es la primera vez y después sacan el trapito rojo”, “No es racismo pero no vi ni un blanco”, “Esos son los familiares de los ladrones que en esos momentos están robando en otro lado”, “No entiendo de qué se sorprenden si eso es una invasión esa gente no tiene la capacidad de razonar solo viven por vivir y se dedican es a tomar licor y..”, “Los odio tanto”, “Gas lacrimógeno esterilizante para que no se reproduzcan”, “Qué manada de carbón para quemar”, “Cali debería poner visa para toda esa gente de Tumaco, buenaventura, Quibdó, etc”, “El distrito no debería ser parte de Cali,…hacen quedar mal la ciudad”.

Es posible que ahora circulen afirmaciones justificatorias de la masacre de Samaniego, argumentando que las víctimas estaban violando la ley y por ello merecían un castigo, incluso la pérdida de sus vidas a manos de unos “ajusticiadores sociales”. No sabemos cuál o cuáles bandas criminales realizaron semejante acto de barbarie, expresión de la peor irracionalidad e insanía mental de aquellos que están seguramente cegados, insensibilizados por las consignas y los mantras que repiten los líderes de esas sectas para que sus esbirros destruyan o liquiden sin conmiseración a todos los que son referidos como “el enemigo”. Lo primero que debemos hacer es clarificar que los niños de Cali y los jóvenes de Samaniego son ante todo víctimas, víctimas de un régimen violento, víctimas de una sociedad que desde hace mucho tiempo trastocó sus valores privilegiando lo fatuo sobre lo esencial y lo vital.

Enseguida, preguntémonos ¿quiénes, qué tipo de personas, son capaces de acabar tan abyectamente con la vida de seres humanos que apenas están comenzando a construir sus proyectos de vida?. Tienen que ser personas adoctrinadas, fanatizadas, enroladas en empresas de muerte para las cuales la humanidad no existe, lo que existen son fines y si para alcanzarlos hay que matar, liquidar, destruir, desaparecer al otro o la otra, no importa, esos fines “justifican los medios”. Los sicarios, no logran objetivar, identificar a los seres humanos contra los que disparan su fuego mortal como seres dignos de respeto, merecedores de compasión y de protección, para ellos son solo cosas que se pueden arrasar. Esta es la deshumanización que se incuba en las mentes y los corazones de los asesinos y genocidas, en “los guerreros” preparados para matar al que se ponga en frente, armados en su conciencia con los “valores” del patriarcado opresivo y excluyente.

Lo terrible es que haya colombianos y colombianas que se dejen atrapar por esa cosmovisión deshumanizante y por los discursos de odio que alientan y renuevan las fuerzas del mal, de la guerra, de la violencia y de la muerte.

¿Y el Estado? ¿Qué hace el Estado con toda su parafernalia de poder? ¿Qué hace el comandante general de las fuerzas armadas, el presidente de la República? ¿En qué noble y urgente labor están concentrados todos, que permiten a las bandas criminales pulular a lo largo y ancho del territorio patrio y asesinar impunemente a niños, niñas, jóvenes, líderes sociales, indígenas, ecologistas, defensores de derechos humanos? Monseñor Monsalve habló hace pocos días de que lo que estaba ocurriendo en el país era un verdadero genocidio, el exterminio efectivo, directamente intencional de ciertos grupos poblacionales. Creo que de esto no existe duda. Ni siquiera una diletante discusión acerca del significado exacto del concepto genocidio, podría alejarnos de esta profunda e invencible convicción. Se trató de acabar con el proceso de paz, se ha hecho todo lo posible para destruir los organismos creados para hacer posible la transición del conflicto armado a un posconflicto con paz estable y duradera; la JEP, la comisión de la verdad, el Centro de Memoria histórica, están en la mira de los fanáticos del odio, de la guerra y de la muerte. Ahí están las consecuencias de esas políticas nefastas, políticas afincadas en una visión neoliberal que defiende a como dé lugar el statu quo de las élites omnipoderosas del país.

No lo dudemos, esos grupos armados fueron apoyados, entusiasmados por estas élites que hoy detentan el poder político, no solo en el ejecutivo sino también en el legislativo. Muchos de los parapolíticos condenados siguen gobernando por medio de testaferros. ¿Cómo se eligió al presidente? ¿Y al presidente del Senado? Y los órganos de control están cooptados también por estas élites. Vean lo ocurrido con la Defensoría del Pueblo, observen al senador Pulgar, procesado por graves delitos, reunido con los que van a elegir al Procurador General de la Nación, su disciplinador. ¿Y el órgano investigador?¿ La Fiscalía? Investigando solo lo que no afecte los intereses de los grandes amigos del Fiscal, de aquellos que lo han elevado al cargo. Afortunadamente, hemos tenido en algunos jueces y magistrados una expresión de valentía y de compromiso con la verdad y la justicia.

Y si no es posible la justicia social, no será posible la paz verdadera, tal vez sí la paz de los sepulcros. La paz social exige garantía de derechos fundamentales a todas las personas, sin excepción. Esto choca frontalmente con la realidad aterradora de inequidad, de acumulación desaforada de tierras (ver por ejemplo la dimensión del Ubérrimo en Córdoba, sus 1500 hectáreas, solo a título de ejemplo) y de ganancias de las élites. A las bandas armadas fortalecidas con el ethos que impulsó el paramilitarismo y a las disidencias de la guerrilla, les importa favorecer ese orden, siempre y cuando puedan alcanzar los fines lucrativos para los que existen.

¿Qué esperanzas tenemos entonces? La que nos de la movilización popular, una movilización nacional de proporciones nunca vistas, aún en medio de la pandemia y de las cuarentenas. Ya ha comenzado en las redes sociales, debe continuar en las calles de Colombia, sin desmayo. En los Estados Unidos las víctimas del racismo y del oprobio discriminador se manifestaron de manera contundente; fueron “minorías” que hicieron temblar al régimen trumpista. Aquí necesitamos movilizándose, pacífica pero masivamente, al país amante de la vida y de la paz, al país amante de la tierra y de sus productos, al país que respeta la diversidad cultural, al país que niega por principio de vida la guerra y su entorno de agresión y de violencia destructora. Movilizándonos nos humanizamos y tal vez podamos contribuir a la humanización de algunos fanáticos des-humanizados. Nuestro silencio puede hacernos cómplices de los genocidas.

¿Qué sugieres tú?

¡Para la vida y la paz, todo. Para la guerra, la muerte y la violencia, nada!

Cali, agosto 16 de 2020, en medio de una pandemia que ha contagiado ya a 456.689 colombianos y ha matado a 14.810, mientras que en el mundo hay 21.4 millones contagiados y 771.000 muertos; y de una violencia que se volvió endémica y que mata a nuestra gente más querida todos los días.

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