La primera vacuna, las vacas y la pandemia de logofobia.

Edward Jenner
Edward Jenner

La logofobia se extendió rápidamente por todas partes, era como si el coronavirus la llevara aparejada; o, quizás, fuese pura coincidencia, porque entre más subían los picos de la pandemia, más y más casos de logofobia se reportaban en diversos lugares. Debió ser coincidencia, porque desde hacía varios años se tenía noticia de la existencia de la logofobia en varios países. Al parecer, las nuevas tecnologías de la informática y la comunicación que permitieron el auge de diversas redes sociales, generaron los contagios de manera masiva hasta el punto de convertirse en otra especie de pandemia. La logofobia se ha había apropiado de las mentes de millones de hombres y mujeres en todo el planeta. No se tenían aún reportes de casos mortales, pero sí de eventos en los que personas logofóbicas habían promovido actos violentos contra quienes consideraban sus enemigos. A muchos se les oía gritar ¡plomo es lo que hay para ustedes! En algunos casos, fanáticos logofóbicos trataron de tomar el poder por la fuerza, invadiendo las sedes de los parlamentos. En otros, se usaron los medios masivos de comunicación para invitar a la gente a no usar las máscaras protectoras, a desobedecer las normas de confinamiento y distanciamiento, y a no creer en las vacunas.

Joe y Leda formaban una pareja de esas que resultan envidiables ante los ojos de todos. Los once años y los tres hijos que habían procreado los habían unido de tal manera que él tenía el convencimiento profundo e invencible de que sin ella, su musa creadora, no podría vivir. “Si no hubiera dios, mi dios tu fueras”, solía cantarle, parodiando una conocida canción caribeña. Para ella, también él lo era todo. Un día, no se sabe cómo, Leda se contagió de logofobia. Sus frases eran coherentes, pero parecían repetir mensajes que Joe había visto con frecuencia en las redes sociales.

– Mira Joe – le dijo Leda- que sí es cierto que el tal Bill Gates fue el creador del covid, él y otros se pusieron de acuerdo con un laboratorio chino y así fue como surgió esto que nos tiene jodidos. Claro, ahora viene la vacuna; más claro no canta un gallo, primero crean el mal y luego se inventan la contra y hace el negocio de la historia-

-Mi amor, ese tipo de virus es tan contagioso y tan mortal que hasta sus supuestos creadores podrían resultar fácilmente afectados. No, eso no funciona así. Científicos de diversos países han realizado investigaciones, incluyendo la OMS, y han comprobado que ese tipo de manipulación no es posible. Además, ¿tú crees que Bill Gates necesitaría de ese tipo de cosas para hacer dinero? Recuerda que, además de financiar vacunas, ha invertido miles de millones de dólares en investigaciones para mejorar las condiciones higiénicas de vida de muchas personas, sobre todo en África. Debemos analizarlo todo, con base en las evidencia, ¿no te parece, amor?-, le contestó Joe.

Ella, que siempre había sido para Joe el sumun de la circunspección, reaccionó, casi con agresividad, diciendo: -Esos son cuentos, puras patrañas. Hay sectas empeñadas en vacunar a todo el mundo dizque para protegerlo de las enfermedades, pero lo que quieren en realidad es matar a millones de personas para dejar espacio libre para sus intenciones perversas. Muchas niñas murieron con esa vacuna contra el papiloma humano, y no aquí sino en muchos países-

-Amor, eso no es cierto-, argumentaba Joe, con el mismo cariño de siempre. Esas son especies sin soporte científico que algunos pusieron a rodar en las redes, como ha ocurrido con otras mentiras y engaños, para que a fuerza de repetición se conviertan en verdades, que los incautos creen a pie juntillas-

Efectivamente, Joe había notado que en los últimos días eran muy abundantes ese tipo de mensajes, justamente cuando la humanidad afrontaba la pandemia más mortífera de los últimos tiempos. Él sabía que había sectas antivacunas, grupos unidos por las ideas conspiracionistas, enemigos de la ciencia y muy afectos a ciertas creencias religiosas, propugnadas especialmente por ciertos líderes vinculados a la ultraderecha política en diversas regiones. En todo caso, no imaginó que las cosas escalarían a niveles tan elevados y que tuviera que ver también a su amada esposa dominada por esos infundios. Sin duda, se trataba de otra pandemia, pero mientras que la ciencia trabajaba velozmente para producir una vacuna contra el covid, no imaginaba que pudiera existir nunca una contra la logofobia.

Joe se preguntaba por qué él no se había contagiado. Suponía que debía de tener algún manto protector; imaginaba que podría ser la profunda convicción que sus padres y algunos maestros sembraron en él, por la cual no podía dar nada por sentado si antes no preguntaba por las fuentes, por los orígenes, las causas. Si alguien dijo que cierta senadora era adoradora del diablo y que en cierto restaurante se reunía con su secta a realizar sus prácticas infernales y que en el sótano habían hallado muchos niños asesinados después de someterlos a todo tipo de oprobios, él se preguntaba quién dijo eso, cuál es la evidencia que respalda tal afirmación. Era algo tan sencillo para él, el análisis, el no tragar nada entero, ejercitarse en el uso de la razón que la naturaleza o la divinidad le han dado al ser humano. Pensaba que resulta imposible llamarse verdaderamente humanos si no hacemos uso de ese poder maravilloso que es la capacidad de pensar, de ser analíticos, racionales. Pero los hechos mostraban que lo que para él resultaba tan sencillo, para millones de personas no lo era tanto y ahora eran más bien enemigos de la razón; primero, probablemente le tuvieron miedo, luego pasaron a odiarla.

Logofobia es la palabra para describir esa actitud irracional, no es solo el rechazo a las palabras, es algo más. Lenguaje y razón (logos) tienen un vínculo inexorable. En “1984”, George Orwell pone a alguno de sus protagonistas a decir que poco a poco irían suprimiendo del lenguaje las palabras claves que llevaban a los ciudadanos a pensar libre y analíticamente, con lo cual se podían convertir en un grave problema para el “Gran Hermano”, para el padre dictador.

-Leda, Leda, por favor, mira, es una enfermedad. Han invadido el cerebro de miles, tú no, por favor. Han hecho que crean lo que ellos quieren, la verdad es lo que ellos digan, lo que repiten y machacan una y otra vez. Pueden hacer creer a todos los que caigan que la guerra es la paz, que la libertad es la esclavitud y que la ignorancia es la fuerza. Tienen laboratorios en los que crean las palabras que contaminan las mentes y las dominan, así es eso. Se aprovechan de las personas más emotivas, emocionales, y les obnubilan el pensamiento, hasta que solo queda el pensamiento único. Tú no, por favor, no; no caigas-, decía Joe a su amada esposa, ya con cierto desespero. Y pensaba en el ministerio del amor que en su país se había creado, que era realmente un ministerio del odio; o, el ministerio de la paz, que era más bien un ministerio dedicado a fomentar la guerra.

Joe había hecho bastante para estimular el pensamiento analítico, el amor por lo racional, por la ciencia, indispensable para la humanidad. Le había explicado a Leda que la primera vacuna fue fruto de un largo camino de experimentación, de ensayos y errores. Fue la vacuna contra la viruela que el médico Eduard Jenner, descubrió, en Inglaterra, en 1796, cuando observó repetidamente a las lecheras, las mujeres que ordeñaban las vacas en las dehesas londinenses. Mientras en el mundo muchos sufrían y morían a causa de la viruela, una enfermedad que no tenía cura, con terribles padecimientos y las espantosas y visibles pústulas, ellas se enfermaban levemente. Jenner siguió las prácticas de Lady Mary Wortley Montagu, traídas de Turquía: pinchar a las mujeres con agujas impregnadas en pus de viruela de vacas; estas no desarrollaban la enfermedad. El científico llegó a hacer esto con su hijo y este tampoco desarrolló la enfermedad. Luego hizo lo mismo con otro niño ( a ver qué diría la ética!), al que trató de contagiar la enfermedad en varias ocasiones sin que este la desarrollara.

Leda aprendió con Joe que de allí venía el término vacuna, de vaca (vacca, vaccinia), y así fue como surgió la primera vacuna. Importante avance en el largo y a veces lento camino de la investigación científica. También aprendió de él, que probablemente había sido Luis Pasteur el primero que utilizó el terminó vacunación, en homenaje a Jenner, el precursor. Él le contó también que, en cuanto se difundió el descubrimiento científico, salvador de vidas, muchos se opusieron a él visceralmente, en nombre de las creencias más diversas y de la religión. Al parecer hasta el Papa Leon XIII hizo feroz campaña en contra de las vacunas y las prohibió en los Estados Pontificios.


Ahora, cuando Joe estaba intubado en una unidad de cuidados intensivos a causa del coronavirus, Leda sentía en todo su ser, en lo más profundo de su corazón, que si su Joe pudiera recibir una vacuna que le salvara la vida, mandaría todo lo demás al demonio, se juraba a sí misma y a todos los dioses que no volvería a descreer de la ciencia, que sí era cierto que esta había hecho mucho por la humanidad y la preservación de la vida, que si no hubiera sido por ella millones de seres humanos hubieran perecido inexorablemente bajo las garras de la tosferina, el tétanos, la poliomielitis, la tuberculosis, el sarampión y otras enfermedades contagiosas, algunas de las cuales han desaparecido casi completamente de la faz de la tierra. Sabía, sin embargo, que obtener una vacuna sería algo casi imposible, pues su país estaba gobernado por los logofóbicos y logofóbicos eran también los dueños de los laboratorios dedicados a la producción de esa que para muchos sería la fuente de la dicha, al poderse inmunizar contra la enfermedad.

Ella, recordaba con cariño cómo Joe le preguntaba sí sabía lo que significaba la pequeña marca que llevaba en el hombro, huella imborrable de que había sido vacunada en la primera infancia, y le resaltaba el valor de ese hecho. ¡Cuán diferente hubiera sido su vida y la historia de la humanidad sin esas vacunas!

Ahora, imploraba por una vacuna, por algo que pusiera fin al tormento de ver a su cómplice vital, a su compañero de los largos años compartidos, sometido a la inmovilidad que, en tantos casos, fue precursora de la ineluctable fatalidad. No podía Joe morir así, no, y se aferraba desesperadamente a la esperanza de verlo nuevamente respirar por sí mismo, de poder oírlo hablando de cómo funcionan las vacunas, de la inmunidad que proporcionan, de los macrófagos y los lisosomas, las citoquinas y los linfocitos T y B, y tantas otras cosas referidas a la manera como se libra la lucha entre el bien y el mal en las profundidades de nuestro cuerpo, de cómo las vacunas ayudan al organismo a triunfar sobre virus y bacterias que lo quieren destruir. Siempre decía que el sistema inmune humano es una de las maquinarias biológicas más refinadas que existen.

Sí, Leda quisiera escuchar a Joe hablando, con esa intensa pasión con que lo hacía, sobre cómo la humanidad necesitaría también algún tipo de vacuna contra el miedo que paraliza, contra la ignorancia y las creencias ciegas; una contra el egoísmo descontrolado y la insensibilidad social, otra contra la prepotencia y la soberbia. Una contra el consumismo devastador, otra contra la pusilanimidad y el borreguismo. Una muy fuerte contra la violencia y otra contra la corrupción. Una contra el racismo, la discriminación, la xenofobia y otra contra el engaño y la mentira como armas de manipulación.

Claro, soñaba él, también una vacuna contra la acumulación capitalista desaforada y la desigualdad deshumanizante, y otra contra la aporofobia.

Justamente allí, frente a su esposo inmóvil, recordaba esas palabras que le oyó decir tantas veces durante las afugias de la pandemia: “La crisis sanitaria no hace sino agravar las desigualdades y la violación de los derechos de los más vulnerables”, cuando hablaban de lo que estaban viviendo los pueblos de la tierra ante el avance de la enfermedad.
Alguna vez habló también de lo necesaria que podía resultar una vacuna contra el amor, ese que a veces mata, sí, de celos, de dolor y de ausencia.

-Sí, Joe, mi amor-, decía llorando Leda, -regresa a mí para que me hables de Byun-Chul Han y sus ideas sobre el control, la vigilancia, la imposición y el miedo, de cómo coreanos, japoneses y chinos se sobrepusieron al poder de la pandemia haciendo uso de la ciencia y la tecnología, pero, algunos, basándose en el poder de subyugación del Estado-

A Joe, le preocupaba que las democracias no fueran capaces de tramitar adecuadamente los retos que la pandemia del coronavirus les estaba planteando, a pesar de que recordaba a Nueva Zelanda, un país democrático, como un ejemplo en positivo.

Leda parecía haber despertado de su letargo logofóbico, cuando fue brutalmente impactada por el confinamiento de Joe en la unidad de cuidados intensivos, cuando lo vio allí, dependiendo completamente de un respirador artificial. Prometió una y mil veces que si su Joe se salvaba, se sumaría a sus esfuerzos y a los de aquellos que, como él, se proponían que la humanidad viviera libre de oprobios y de humillaciones, en un mundo libre e igualitario, justo y democrático; uno en el que la paz fuera un fin supremo e inquebrantable de la convivencia.

A Joe le encantaba la música. Solía decir que la música es como una vacuna contra la depresión y la tristeza. Leda sabía que entre muchas, había una canción que lo tocaba profundamente. En ese acto de entrega total a la búsqueda de aquel algo que fuese como la vacuna salvadora, consiguió que un mariachi fuera hasta el hospital para cantar “La mano de dios”. Sabía que no podrían acercarse mucho, pero esperaba que los sonidos y las palabras llegaran hasta el corazón y el cerebro de Joe para obrar el milagro de su despertar, del retorno de las garras de la muerte. Ella sí estaba cerca de él, se lo permitieron de manera especial, en medio de los protocolos más rigurosos. Pudo así cantarle al oído, amplificó los sonidos que entraban por la ventaba de la UCI y fue entonces cuando, ¡oh maravilla!, vio que los ojos de Joe se abrían. ¡El milagro se estaba produciendo! El amor y la fe que mueven montañas…

Leda siguió preguntándose cómo hacer para acabar con la logofobia, a tiempo, antes de que ella acabara con la humanidad.
¡Para la vida y la paz, todo!. Para la guerra, la violencia y la muerte, …¡nada!

Cali, febrero 23 de 2021, cuando, al parecer, va en declive la pandemia, que hasta hoy ha contagiado a 112 millones y matado a 2.480.000 personas en el planeta, y en Colombia ha contagiado a 2.229.603 y matado a 58.974 personas. In memoriam!

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