Otro Cuento de Navidad

Otro Cuento de Navidad
Otro Cuento de Navidad

El derecho a la paz y a la alegría, frustrado por los violentos
OTRO CUENTO DE NAVIDAD

Hubiera querido que al presidente Duque lo hubiese visitado el espíritu de las navidades pasadas, tal como le ocurrió a Ebenezer Scrooge, el personaje de “Un cuento de navidad”, la obra de Charles Dickens. Y que lo hubiera visitado también el espíritu de las navidades presentes y, por supuesto, el espíritu de las navidades futuras. Pero no ocurrió así. Por ello, la mezquindad y el egoísmo fueron los valores que inundaron su saludo de navidad a los colombianos; la generosidad y la solidaridad, que podrían dar cabida a la esperanza, no tuvieron cabida en él. Así fue.

Tal vez el espíritu de las navidades pasadas pueda ser el Papa Francisco que en su mensaje de navidad, envió a todos el siguiente mensaje: “Que el pequeño Niño de Belén sea esperanza para todo el continente americano, donde diversas naciones están pasando un período de agitaciones sociales y políticas. Que bendiga los esfuerzos de cuantos se están prodigando para favorecer la justicia y la reconciliación, y se desvelan para superar las diversas crisis y las numerosas formas de pobreza que ofenden la dignidad de cada persona. Que remueva las conciencias de los hombres de buena voluntad. Que inspire hoy a los gobernantes y a la comunidad internacional para encontrar soluciones que garanticen la seguridad y la convivencia pacífica de los pueblos de la región y ponga fin a sus sufrimientos”.

Sí dijo el presidente que quiere que se acaben las injusticias que, eso sí, “vienen de atrás”, no son responsabilidad de su gobierno, quiso decir. Pidió “ponerse en los zapatos del otro” y “pasar las páginas de las divisiones entre nosotros”. Pero ni el Santo Padre, ni los espíritus de las navidades pasadas, presentes, ni futuras, ni las enormes manifestaciones pacíficas del pueblo, lograrán que nuestro contemporáneo Ebenezer Scrooge sufra la transformación que requiere para reorientar el destino de su gobierno y de la nación. Poniendo el espejo retrovisor y echando las culpas de lo que pasa a los gobiernos anteriores, nada se logrará. Ponerse en los zapatos de los otros exige que se escuchen realmente los sentimientos y las expresiones de angustia y de inconformidad de los diversos sectores del pueblo colombiano. Al presidente no se le ocurrió ni una sola palabra sobre ese despertar gigantesco que se vivió este año por todo el país, no se inmutó ante la increíblemente histórica convocatoria de los artistas que lideraron las gigantescas movilizaciones de Bogotá y Medellín, “cantando por Colombia”, cantando por la paz, cantando por la justicia. Y bien lo sabe él, y lo saben los congresistas que le ayudaron a aprobar la reforma tributaria, que el pueblo está en receso, en la desmovilización decembrina, pero que en 2020 retomará el rumbo. Sin duda.

No le mereció al presidente ni siquiera una mención la tragedia de la muerte de centenares de líderes y lideresas sociales, en diversas regiones de la patria. No fue esta navidad realmente época de alegría, felicidad y esperanza para las familias de los biólogos y ambientalistas Natalia Jiménez y Rodrigo Monsalve, asesinados en el Departamento del Magdalena, y unidos en matrimonio hacía apenas una semana; ni de la lideresa social y gestora cultural de Nariño Lucy Villarreal, asesinada en Llorente porque sí, porque a los violentos se les antoja que era peligrosa para sus propósitos. No podemos callarnos ante estos crímenes y los demás que van dejando familias enlutadas en el territorio colombiano, familias desvertebradas por grupos violentos que disparan sin preguntar, familias que pierden a sus niños y niñas como ocurrió ayer, nuevamente, en Segovia, Antioquia.

Recordamos a hombres y mujeres insignes como Alfredo Correa de Andreis, Elsa Alvarado y Mario Calderón (investigadores del Cinep), o el alma grande que fue el médico Héctor Abad Gómez, enorme promotor y defensor de los derechos humanos en Antioquia, compañero que fuera de aquella otra alma grande de Colombia, jurista Carlos Gaviria, asesinados también, antes, porque se les acusaba de ser comunistas, socialistas, agentes de Rusia o de Cuba, o de ser guerrilleros, o de cualquier cosa, hasta convertirlos en enemigos que debían ser desaparecidos como fuera.

Al menos en sus palabras de agradecimiento a los hombres y mujeres de la fuerza pública “que visten el uniforme de la patria”, pudo haberse referido el presidente a la necesidad urgente de aclarar quiénes están cometiendo estos crímenes, de manera sistemática y reiterada, pudo haber enviado el mensaje categórico de que se hará hasta lo imposible para combatir y desarticular estas organizaciones armadas que están sembrando el terror en los campos y ciudades colombianas, que están amenazando y atentando contra campesinos, indígenas, sindicalistas, educadores, intelectuales, contra cualquiera que se mueva en defensa de los derechos humanos. Navidades pasadas y navidades presentes. Sigue el horror del crimen y las masacres, en este nuestro “estado social de derecho”. ¿Quiénes son? ¿Por qué actúan con tanta impunidad? ¿Quién los financia? ¿Quién los protege? Por ellos sufren y mueren también los campesinos a quienes se ha restituido la propiedad de la tierra, usurpada por paramilitares y grupos de narcotraficantes y terratenientes de diversas estirpes.

Navidades futuras. Necesitamos un presidente transformado, que se comprometa en serio con la investigación de los “falsos positivos” que generaron el surgimiento de fosas comunes como las de Dabeiba, en Antioquia. Según algunos investigadores, se trata apenas de la punta del iceberg de una tragedia gigantesca, vivenciada sobre todo entre 2002 y 2006, al parecer, continuación de lo que algunos hombres valientes denunciaron en la tribuna del Congreso de la República desde el año 2007; para algunos, se trataba solo de un cuento chino, para enlodar el gobierno de un ilustre presidente. Ahora se sabe, a ciencia cierta, que es una vergüenza nacional de magnitudes insospechadas. En este propósito, será esencial el nombramiento de un fiscal general de la nación que esté a tono con estos retos, y no otro como el tristemente célebre Néstor Martínez Neira que, desde la más rampante corrupción, se burló una y otra vez de la justicia, estando al frente de ella.

Navidades futuras. En la transformación de nuestro Ebenezer Scrooge y de todos y todas los que se le parezcan, habrá de influir, de seguro, el trabajo denodado, descomunal y nunca visto, de la comisión de la verdad creada en el Acuerdo de Paz, liderada por el padre Francisco de Roux. Algún día, ojalá más temprano que tarde, habremos de constatar que él es un alma realmente grande de Colombia, que trabaja con ahínco y sin desmayo por la paz y la concordia de los colombianos. Por lo pronto, yo lo postulo como el colombiano del año, e invito a todos y todas a conocer y divulgar lo que está haciendo la comisión de la verdad, y a comprender por qué algunos quisieron que, al igual que la JEP, nunca pudiera funcionar.
Señor presidente Duque, sin dejarse tocar por el espíritu de las navidades futuras, su cuento de navidad, es solo otro cuento, pero de aquellos que no ayudan a clarificar ni a transformar nada, solo a enredar y a engañar.

¿Chino, tal vez?

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