Recordando a Paulo Freire, en los tiempos del confinamiento PEDAGOGÍA PARA OPRIMIDOS

Paulo Freire - Fuente Wikipedia
Paulo Freire - Fuente Wikipedia

“Ahora,
ya nadie educa a nadie,
así como tampoco nadie se educa a sí mismo,
los hombres se educan en comunión,
y el mundo es el mediador”.
Paulo Freire, Pedagogía del oprimido

Felipe, un maestro que hacía muy poco había tenido que hacer un curso intensivo de tecnologías de la información y la comunicación ante el reto de atender a sus estudiantes a distancia, se preguntaba, ¿Y ahora qué, cuáles son los contenidos que mis estudiantes deben desarrollar? ¿Cuáles son los pertinentes para momentos de angustia y tensión como los que estamos viviendo? ¿Cómo podría yo, con los demás maestros, ayudar mejor a los estudiantes y sus familias? En su área, Felipe había preparado cuidadosamente las guías que logró enviar a sus pupilos por medio de una plataforma. Algunos le enviaron las guías diligenciadas, pero de otros no supo siquiera si las pudieron recibir. Más de la mitad de su grupo estuvo presente en el encuentro virtual que programó. De los demás, pocas noticias tuvo.

El noble maestro sabía que debía avanzar en el proceso de aprendizaje con sus estudiantes, pero se preguntaba si estaría haciendo de verdad todo lo posible. No quería que ninguno se quedara atrás, deseaba apoyarlos a todos, pero ya no los tenía en el aula, estaban lejos, cada uno viviendo su propia situación, su propia historia. Sabía que la casa no era el aula, que en el aislamiento forzoso decretado por las autoridades muchos estaban librados a su propia suerte. Se puso a pensar Felipe en las múltiples cosas que podrían estar ocurriendo en esos hogares. Por alguna razón, acudieron a su mente las imágenes de los oprimidos proyectadas en el imaginario de muchos educadores por las ideas pedagógicas de Paulo Freire, el educador pernambucano que llegara a ser referente latinoamericano y mundial de la pedagogía crítica.

¿Oprimidos? Sí, oprimidos. Oprimidos por el temor, por el miedo. Miedo a salir, miedo a contagiarse, miedo a la muerte. Recordaba que hacía apenas unos días los muertos por el virus en el país eran solo una decena, mientras que luego se contaban ya por centenas. En el mundo entero la muerte extendía sus fríos brazos, destruyendo los sueños de miles de familias y arrastrando a la tumba a hombres y mujeres de todas las edades. Sí, oprimidos por el miedo a la muerte.

Oprimidos por el encierro, encierro que para algunos era llevadero por disponer de recursos materiales suficientes para afrontarlo, pero que para otros era angustioso e insoportable. Padres y madres, sin empleo, sin ingresos. Muchos sin apoyo del Estado para evitar el hambre. Felipe imaginó a algunos de sus discípulos sentados en medio de sus familiares, en la mesa del comedor, o en cualquier rincón tratando de realizar sus quehaceres escolares, sin tener una habitación propia o un lugar apropiado para ello. Sabía que muchos padres y madres apoyarían a sus hijos con todo el afecto, pero que otros probablemente harían lo mismo que habían venido haciendo en el colegio, negándose a brindarles las condiciones mínimas de acogida y de apoyo para que pudieran avanzar en su proceso de aprendizaje. ¿Cómo sería la convivencia en los hogares de sus estudiantes?, se preguntaba el maestro. Había leído y visto muchas informaciones. Sabía que la angustia no era exclusiva de las familias más empobrecidas, también la clase media y las élites la sufrían de alguna manera.
Oprimidos por la angustia de saber que algún pariente quedó atrapado en otro país sin poder regresar, desde que cerraron las fronteras, se acabaron los vuelos y el mundo se paralizó.

Oprimidos por los créditos, los pagos de servicios públicos, por las deudas que pesaban en los hombros de madres y padres sin que existiera realmente ningún poder que pudiera transformar esa torturante situación. Lo más que hicieron los bancos fue extender los plazos, pero con los intereses corriendo. Oprimidos por el terror de grupos armados que en algunas regiones se convirtieron en amos y señores de la vida y de la muerte, aún por encima de la pandemia. Oprimidos por el hecho de que algún miembro de la familia era trabajador de la salud o de aquellos obligados a permanecer en las empresas por lo que temían a un contagio inminente.

Oprimidos por la ansiedad de salir, de moverse libremente, de caminar, de correr, de saltar en las calles, en los parques, en las canchas. El maestro pensaba en los padres que tenían dos o más hijos, en los momentos que tenían que vivir cuando en ellos la ansiedad se tornaba en angustia y desespero, al no saber ya qué más hacer para que las energías represadas se encauzaran fluidamente. Opresión por la pérdida de la libertad. Felipe sabía, sin embargo, que el miedo a la muerte por el contagio era superior, hasta el punto que las libertades constitucionales básicas eran sacrificadas casi voluntariamente. Probablemente solo el miedo a la muerte por hambre podía vencerlo.

Oprimidos por la obligación de responder al colegio, a los maestros, con los quehaceres escolares…Al retomar esta imagen, volvían a la mente de Felipe las palabras del Maestro Freire. ¿Qué es lo que debo hacer como educador? ¿Cuál ha de ser mi compromiso? Y recordaba claramente que para él, el verdadero maestro debía asumir un compromiso vital, el compromiso con la verdad, compromiso total con la liberación de los oprimidos. Estas eran las exigencias de una educación liberadora, problematizadora, emancipadora, humanizadora.

Felipe tenía claro que él no quería ser un maestro practicante de la educación bancaria, mucho menos cuando sabía que el capital financiero era una de las causas de la tragedia que vivían tantos seres humanos, por el lucro desmedido y las políticas del sálvese quien pueda. Unas frases del pedagogo crítico resonaban en su cerebro: “Nadie libera a nadie, ni nadie se libera solo. Los hombres se liberan en comunión… Nadie educa a nadie- nadie se educa a sí mismo, los hombres se educan entre sí con la mediación del mundo”. Sentía que sus actos tenían que estar encaminados a favorecer la liberación de su gente, pero se preguntaba también si, en ocasiones, no estaría él contribuyendo a hacer más duras las condiciones de vida de los oprimidos, es decir, ¡contribuyendo con los opresores!

Los seres humanos se educan con la mediación del mundo, interactuando unos con otros, aprendiendo unos de otros. Claro, el maestro Felipe, recordaba ahora con claridad meridiana que en la pedagogía liberadora la contradicción entre educadores y educandos se resuelve en la asunción de que ambos se tornan dialécticamente educadores y educandos. El maestro no se asume como el portador exclusivo de la verdad, los estudiantes tienen una palabra valiosa qué decir, unos saberes qué aportar. Para ello, el maestro liberador ha de comprender a sus educandos en su calidad de sujetos y no de meros objetos o recipientes, sujetos con derechos, sujetos de derecho.

En las comunidades de base en las que se movió Freire el saber popular era esencial, altamente valorado. Y esto se volvió revolucionario, tanto era el valor de la conciencia crítica y del cambio que aportaba esta pedagogía que la dictadura militar en Brasil la vio tan peligrosa que su promotor fue perseguido, encarcelado, y finalmente exiliado. Tener en cuenta el saber de la gente, el sentir de los educandos, el contexto y la vida de estos. Había que lograr que ellos se hicieran conscientes de la realidad, en su complejidad, que acción y reflexión se tornaran en una praxis transformadora de la realidad injusta, alienante, deshumanizante en la que vivía el pueblo. De un proceso así podía surgir la conciencia crítica, la que permitía cuestionar la realidad, desvelar la mentira, hallar la hipocresía disfrazada de solidaridad en algunos actos aparentemente solidarios realizados por algunos benefactores; sí, quitar el velo de una aparente generosidad que se nutría de la muerte, de la miseria y del desaliento.

Pero no hay posibilidad de verdad, ni de conciencia crítica, ni de liberación, ni de humanismo, ni de democracia, si no hay diálogo. El diálogo es una exigencia existencial, es él el que permite la superación de la contradicción entre educandos y educadores. La relación entre estos ha de ser siempre dialógica, para lo cual se requiere que el maestro otorgue valor a la palabra del aprendiz, comprender que él tiene derecho a pronunciar el mundo. La dialogicidad implica colaboración, unión, organización, síntesis cultural. La antidialogicidad está inmersa en los anhelos de conquista, dominación, división, manipulacion, invasión cultural, y autoritarismo. Felipe sabía que para muchos docentes el silencio era el símbolo de los mejores grupos y de la convivencia sana. Ahora, sin embargo, cuando no los tenía reunidos en el aula, sentía que quería escucharlos, con su algarabía, pero también con sus inquietudes y propuestas. Definitivamente los quería activos, no pasivos, muy participativos.

Cada vez le parecían a Felipe más clarividentes las palabras de Freire. Sí, el diálogo real es también un acto de amor, de confianza en los demás, en los estudiantes, y esto, en medio de una sociedad que nos ha enseñado a desconfiar de todo y de todos. Pues sí, el maestro debe confiar en sus educandos, y estos han de confiar en él. Los unos creen en los otros. El compromiso transformador, liberador, surge de esta confianza y se convierte en esperanza. La educación liberadora es esperanzadora y por ello profética, es denuncia y es anuncio, decía el maestro. El proyecto de contribuir a la humanización de las condiciones de vida del pueblo, lo exige. Los educadores no van a liberar a los educandos, no. En la visión dialógica se trabaja con ellos no para ellos. Entre ambos se avanza en la búsqueda de la liberación. Freire decía incluso que el educador ha de convertirse en compañero de sus educandos. Y el diálogo es también humildad, precisaba: “¿Cómo puedo dialogar si veo la ignorancia solamente en el otro?¿Cómo puedo dialogar si me cierro a la contribución de los otros?”

¿Cómo hacer todo esto ahora?, se cuestionaba Felipe. Ser dialógico le exigía escuchar a sus estudiantes y a sus familias, indagar por sus condiciones de existencia, analizar sus contextos reales, saber lo que estaban sintiendo frente a la opresión que los agobiaba. Sí, había que volverse investigadores críticos de la realidad y encontrar allí las palabras y los temas generadores, siempre con ellos, desarrollando la creatividad, con el ánimo de superar el fatalismo, el conformismo y la angustia paralizante.

“De ahí que para realizar esta concepción de la educación como práctica de la libertad, su dialogicidad empiece…cuándo el educador se pregunta en torno a qué va a dialogar con estos…dicha inquietud en torno al contenido del diálogo es la inquietud a propósito del contenido programático de la educación”. En este texto de Paulo Freire encontró Felipe una respuesta a su pregunta acerca del papel que debía jugar el educador en los tiempos de encierro, de aislamiento y de angustia. Los contenidos curriculares no podían estar aislados de la realidad vivida y sentida por los estudiantes y sus familias y él tendría que ponerse de acuerdo con los demás educadores para lograr que las actividades y tareas asignadas tuvieran un sentido para los educandos, un sentido encarnado en un propósito esperanzador, de encontrar luz en medio de la oscuridad.

Pensó que muy seguramente saldrían de los estudiantes las palabras y los temas generadores para la planeación de las unidades didácticas. Es posible que no faltaran la pandemia, China, porcentajes, respiradores, exponencial, subsidios, petróleo, conectividad, vacunas, desarrollo sustentable, campo, hacinamiento, hambre, salud pública, desigualdad, justicia, lucro, ecosfera, espacio vital y otras tantas que conectaban con lo que estaban viviendo las familias en el día a día.

Su plan curricular tendría que favorecer los proyectos de vida de sus educandos a partir de una clara comprensión de su realidad, del momento histórico que les tocó vivir, y él iba a contribuir decisivamente a la formación de esa conciencia crítica y comprensiva. Pudiera ser que no lograse con ello grandes transformaciones, pero estaba seguro de que al menos se acercaría más a sus estudiantes en su calidad de seres humanos, necesitados de comprensión y apoyo, no para regalarles nada, sino, en diálogo con ellos, ayudarles a encontrar la esperanza donde lo más fácil era hallar la desesperanza y la fatalidad.

El maestro sabía que debía ayudar a sus estudiantes a amar el conocimiento, el saber, pero primero tenía que encontrar el camino para que el acercamiento a ese sentimiento amoroso fuera posible. Y creyó, de la mano de Paulo Freire, que hallar en el diálogo con los estudiantes y sus familias la pertinencia de los contenidos de su diseño curricular, sería el mejor camino. Felipe se preparó para buscar y encontrar a cada uno de sus educandos, ninguno se le iba a quedar por fuera, ninguno se iba a quedar atrás, y pensaba ya en que, al regresar, la palabra de ellos y de sus madres y padres tendría más valor y más trascendencia. Imaginaba ya los círculos dialógicos en los que realizaría el encuentro con sus grupos, tanto para desarrollar los procesos académicos como para analizar la convivencia escolar. El gobierno escolar y los organismos de participación comunitaria tendrían que ser algo diferente, más dinámico; estudiantes, docentes, madres y padres de familia tendrían que estar más empoderados, más comprometidos, sintiéndose parte activa del ente vital que es la comunidad educativa.

No sabía exactamente cómo, pero Felipe intuía que era hora, aprovechando el momento trágico e histórico que se estaba viviendo, de hacer realidad las propuestas de transversalización curricular, de articulación e integración de contenidos, de acabar con la compartimentación del conocimiento en una cantidad de pedazos denominadas áreas y asignaturas. Los proyectos tenían que ser el eje generador, a partir de la existencia misma de los estudiantes y sus familias, y el principal de todos sería el proyecto de vida de cada uno de ellos, seres únicos y valiosos. Ardua tarea sería esta, porque el sistema educativo nacional parecía desear la integración y la transversalidad, pero con la estructura y la organización que mantenía lo que se estimulaba era la compartimentación y hasta el anquilosamiento. Su espíritu optimista, que no iluso, le permitía confiar en que muchos maestros, desde sus propias convicciones, se estarían uniendo al propósito transformador, en defensa de la vida y con una intención liberadora.

Concluía Felipe que las nuevas tecnologías de la informática y la comunicación podrían ser importantes aliados en la ruta de avanzar hacia una educación liberadora, basada en el diálogo de saberes, pero que no era ella en sí misma lo esencial. Muchos estudiantes, de hecho, no podrían acceder a ellas durante mucho tiempo. Así, que la intención humanizadora, era lo realmente trascendente.

De la reflexión realizada, Felipe decidió pasar a la acción, para que, como enseñó el pedagogo Freire, su práctica educativa fuera verdadera praxis, iluminada por el propósito ineludible de contribuir al desarrollo y fortalecimiento de la conciencia crítica de su pueblo de tal manera que se pudiera llegar a la transformación de la realidad social, económica, política y cultural alienante inaugurando un mundo más humano, más libertario, más justo, más equitativo. No iba a ser fácil, pues muchos, unos dueños del poder económico y político, y otros enajenados por este, estaban esperando que todo pasara para que el mundo siguiera igual. Él sabía que nada podría ser realmente igual. La vieja normalidad ya no podría volver.

¡Para la vida y la paz, todo. Para la guerra, la violencia y la muerte, nada!

Cali, Abril 25 de 2020.
En la XXXVI jornada de cuarentena forzosa por Coronavirus, con 5.379 infectados, 244 muertos y 1133 curados en Colombia, y 2.929.000 infectados, 204.696 muertos y 825.288 recuperados en el planeta.

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