Sacco y Vanzetti, canto a la libertad y a la Igualdad.

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De cien en cien, se registra la polarización en la lucha por la vida y otros valores esenciales

Estamos en 2020, comenzando una década que podría estarnos haciendo pensar en los mundos previstos por Ray Bradbury (Crónicas marcianas, Farenheit 451) con su desbordada imaginación futurista. Sin embargo, estamos más bien enfrascados en la búsqueda de cómo lidiar con males que persiguen a la humanidad desde hace centenares de años.

En 1620 llegaba a las costas de lo que hoy es el territorio de los Estados Unidos el buque Mayflower, con los que, sin ser los primeros colonos llegados a Norteamérica, habrían de convertirse en el referente fundacional de la nación estadounidense. El Thanksgiving (Día de Acción de gracias) surgió con ellos, a propósito de agradecer a los pueblos indígenas que los acogieron en medio de la hostilidad de los territorios desconocidos y feraces; poco después estos pueblos dirían que esa celebración significó para ellos el mismo infierno. Pronto, la mayor parte de la población indígena fue exterminada y la poca que quedó fue luego reducida a ocupar las tierras más aisladas e improductivas. Quizás muchos de los puritanos enrolados como pilgrims no querían eso y ansiaban solo huir de las persecuciones que sufrían de los católicos y de otras comunidades cristianas en Europa, pero así sucedieron las cosas. Se convirtieron en persecutores y destructores de comunidades indígenas.

En 1720 en la Nueva Granada existía ya el Virreinato, símbolo del dominio español en América y de la explotación inmisericorde de indígenas, negros, mulatos y mestizos. En Europa se abría el siglo con las monarquías absolutas, arbitrarias, dictatoriales consolidadas (Luis XIV había sido el “rey sol” y solía decir “El Estado soy yo”), pero también aquel de las ideas luminosas, el siglo de las luces, el de las revoluciones norteamericana y francesa, el siglo que vio nacer a Beethoven. En ese año, Francia vio el último brote de la peste bubónica en Europa con la denominada “Gran peste de Marsella”.

En 1820, nuestro país había expulsado a los españoles de la mayor parte del territorio, después de la “Época del terror” con Pablo Morillo y sus esbirros. La Gran Colombia se consolida con Bolívar a la cabeza y se establece una sociedad en la que ya no había chapetones al mando, los antiguos criollos se convirtieron en la nueva élite que puso de rodillas a los indígenas, a los negros, mulatos y mestizos, continuando su proceso de expoliación inmisericorde. En Europa se consolidaba la Santa Alianza de las potencias contra todo lo que oliera a revolución y cambio antimonárquico, sin embargo, en España el Rey Fernando VII tuvo que jurar y aceptar la Constitución de Cádiz. En este año Beethoven estaba trabajando en la Novena Sinfonía que, de alguna manera revolucionaría la música, incorporando en su cuarto movimiento la Oda a la alegría del poeta Federico Schiller, muy en línea con las simpatías que parecía sentir el sordo maravilloso por la revolución social que privilegiaba los valores de la libertad, la igualdad y la libertad. La obra, convertida en patrimonio de la humanidad desde 2002, proclamaba la hermandad universal y fue presentada al público en 1.824.

En 1920, en plena posguerra, Europa y América se ven impactados por una pandemia descomunal conocida popularmente como “la gripe española” y también por una peste menos conocida, la denominada “encefalitis letárgica”, descubierta y estudiada por Constantin Von Economo. Millones murieron y miles se quedaban sin palabras y sin movimientos, como en estado “catatónico”. En medio de la tragedia sanitaria, la tragedia por la injusticia social y económica no se quedaba atrás.

Bartolomeo Vanzetti y Nicola Sacco se convirtieron en un símbolo tanto de la injusticia flagrante como de la esperanza de los pueblos, dadas las enormes manifestaciones que en muchos lugares del mundo se produjeron para rechazar y condenar las arbitrariedades de la justicia estadounidense. El sistema judicial respondía a las exigencias de los supremacistas blancos que dominaban el escenario político. La nación formada por inmigrantes de diversas latitudes se regodeó en discriminar, rechazar y violentar a dos inmigrantes italianos que habían cometido el pecado y el delito de levantar la bandera de la lucha por los derechos de los trabajadores y se habían vinculado a movimientos anarquistas. Si hoy en día se acusa las personas que se compromenten con la defensa de los derechos humanos de ser “comunistas” y terroristas, enemigos del bien común, bien pueden imaginar lo que les ocurrió a Sacco y Vanzetti en 1920, a partir de su captura en mayo de ese año. Se les acusó de hurto y de asesinato y, a pesar de todo el material probatorio en su favor, el supremacismo blanco hizo que finalmente fueran ejecutados en 1927, después de un tortuoso y procaz proceso. El sistema le enviaba así un mensaje a los desposeídos, fueran inmigrantes o no: la mesa ya está servida y para ustedes solo quedan las sobras.

En realidad, en el proceso judicial no importó si eran o no culpables de robo o de asesinato, lo importante estaba en que eran anarquistas, “enemigos de las instituciones”. Eran pues “buenos reos” y “buenos chivos expiatorios”. El coloso del norte se ensañaba con los inmigrantes, los mismos que contribuyeron a “hacer grande a América” (no hay forma de hacerles comprender que América no es solo Estados Unidos). Ellos también debieron pasar por la Isla de Ellis. Allí se puede respirar aún el ambiente generado por los pueblos que llegaban a Nueva York en búsqueda del “american dream”. En los miles de fotografías y elementos expuestos en el edificio que sirvió como notaría del ingreso, de las cuarentenas y de los rechazos, se pueden percibir aún las sensaciones de dolor, de tristeza, de agobio, de frustración, pero también de alegría y de esperanza de los inmigrantes. La antorcha de la Estatua de la Libertad, que se encuentra en otra isla apenas separada de la de Ellis por unas cuantas brazadas, iluminó el gozo de muchos pero no alcanzó para los miles que allí mismo o después, en la lucha por hacerse un lugar en la sociedad soñada, perecieron de una o de otra manera, como los libertarios Sacco y Vanzetti. Los carteles exhibidos por los fanáticos racistas y supremacistas eran más o menos los mismos que hoy se exhiben contra los inmigrantes latinos que buscar encontrar una oportunidad de trabajo en Estados Unidos: “Vuélvanse por donde vinieron. Aquí no hay lugar para ustedes”.

En la década de los veinte, el presidente Marco Fidel Suárez decidió que el destino de Colombia debía estar en adelante ligado a la suerte del imperio del norte, a pesar del cercenamiento de Panamá causado por la intervención imperialista yanqui en 1903. Con unos cuantos millones de dólares quedaron saldadas las heridas, al menos para las élites gobernantes. Respice polum, fue la consigna: mirar hacia la estrella polar del norte, los Estados Unidos. En 2020, el presidente Duque no duda en hacer lo mismo. Militares estadounidenses ocupan nuestro territorio por invitación del ejecutivo, sin la exigencia constitucional de la mediación del congreso de la República. Ya no es el dinero de la indemnización el que alimenta los vasos comunicantes con la potencia mundial, es el dinero del Plan Colombia que se invirtió desde 2002 en cosas muy diferentes a la mera intención de pacificar el país. Hoy, congresistas estadounidenses promueven una ley para vetar la ayuda al gobierno colombiano por el uso que el gobierno le ha dado para “chuzar” y espiar políticos de oposición, periodistas y líderes sociales, muchos de los cuales terminaron desaparecidos o asesinados (con miles de “falsos positivos”, por ejemplo).

En esa misma década, de los años veinte, comenzó también la ebullición de los momentos sociales en nuestro país. Los campesinos, los obreros, los trabajadores de muchos sectores económicos comenzaron a organizarse y a luchar contra la explotación laboral y la injusticia social. En ese marco surgirá la enorme figura de María Cano, emblemática líder de esas luchas y de las reivindicaciones de las mujeres.

La misma nación que, con su sistema judicial corrupto y entregado al servicio del poder económico, condenó a Sacco y Vanzetti por sus ideas políticas, fue la misma que paradójicamente se convirtió en muro de contención contra la expansión del fascismo y del nazismo en el mundo, que crecieron sin parar desde 1922 hasta el fin de la segunda guerra mundial y aún nos dejan ver sus huellas, en las acciones de los grupos supremacistas blancos, racistas y violentos en los Estados Unidos y en las acciones exterminadoras de líderes sociales en Colombia. Sí, paradojas de la historia. La misma nación racista y esclavista que postergó hasta más no poder el reconocimiento de los derechos civiles de los afrodescendientes, fue la misma que fue alabada como salvadora por los europeos al finalizar la guerra. Pero claro, fue también la misma de Hiroshima y Nagasaki.

Las gestas libertarias y la tragedia del juicio y la ejecución de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, fueron enaltecidas por la música y el cine. La fina voz de Joan Baez cantó la “Balada de Sacco y Vanzetti”:

“para quienes odian la esclavitud
y para quienes aman la verdad
canto fuerte libertad.

Con las manos no suplicaré
con mis ojos no lloraré
con los pies no huiré
con la boca cantaré.

Para vosotros, Nicola y Bart,
descansad para siempre aquí en nuestros corazones
el último y extremo momento es vuestro
esa agonía es vuestro triunfo”.

En el cine, la música la puso el genio creador Ennio Morricone, recientemente fallecido, en la película de 1971, dirigida por Giuliano Montaldo y protagonizada por Gian María Volonté, y cantada también por Joan Báez.

La cultura, la literatura, el arte, las poderosas creaciones de la humanidad, no son neutrales. Los artistas y los actores adoptan también posiciones en relación con la interpretación que hacen de la historia o de la realidad que viven. Joan Báez es un ejemplo de una actitud de compromiso con la transformación de las condiciones de injusticia y de miseria que viven los pueblos. El premio Nobel de literatura de Bob Dylan ha de deberle mucho a ella y a su enorme sensibilidad social. Muchos le cantan a la vida, al amor, a las gestas de hombres y mujeres, y con ello hacen aportes significativos a la visión biófila. Frente a la defensa de la vida y demás derechos humanos, no se puede ser neutral. Al mismo tiempo que promovemos la vida, debemos también hacer visibles y rechazar los actos de odio y de barbarie que destruyen al ser humano, sin importar de dónde provengan. A los 100 años del inicio del proceso arbitrario e ilegal contra Sacco y Vanzetti, en Colombia nos aprestamos a dar grandes luchas contra las desigualdades e injusticias evidenciadas de manera patética por la pandemia del Covid-19.

¡Para la vida y la paz, todo. Para la guerra, la violencia y la muerte, nada!

En Cali, Colombia, a los 26 días del mes de julio de 2020, con 240.795 contagiados y 8.269 muertos por la pandemia de Covid-19, y más de 15 millones de contagiados y 606.000 muertos en el planeta.

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