¿Se acabaron las Masacres!

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El presidente Duque nos ha dado un ejemplo poderoso de creatividad

Los terroristas, que son aquellas personas directamente interesadas en causar terror en la población sin importar los medios que utilicen, saben que las masacres son uno de esos medios, quizás el más repudiable. Masacre no es una palabra de moda, no es un concepto que los colombianos estemos interesados en definir lingüísticamente, en discusiones de carácter semántico. A la población de Samaniego le bastó ver a sus muchachos acribillados, para saber que esa era una masacre aterradora. La gente de Llano Verde, en Cali, supo que fue una terrible masacre la que puso fin a las vidas de sus niños estudiantes afrodescendientes. En Arauca, en Tumaco, en el Tambo, en el Cauca, la gente habló de masacres cuando sendos grupos de personas fueron asesinados por organizaciones armadas. Y masacres han sido el bombardeo del ejército al campamento donde había niños reclutados por una organización armada, la matanza de campesinos en Tandil, Tumaco, de indígenas Awá en Nariño, en diversos momentos de la historia reciente; masacres fueron las de Trujillo, Valle; masacres también la de El Aro y de la Granja, allá en Antioquia, a las cuales se ha vinculado judicialmente al reo Alvaro Uribe Vélez. No es entonces difícil entender qué es una masacre.

¿Por qué el presidente Duque, en su elevada sabiduría, ha decidido cambiar ese nombre por el de “homicidios colectivos”? Esa fue muy seguramente la única manera de acabar con las masacres, acabarlas en el lenguaje, desaparecerlas de los reportes y documentos oficiales. Ya su líder, ahora reo, había logrado lo mismo con el conflicto armado. Desde que, en 2002, llegó a la presidencia ordenó borrar de toda la documentación y del lenguaje oficial ese concepto, por tanto el conflicto armado nunca existió en Colombia. Lo cambió por “actos del terrorismo”. Tanto el líder de la secta como sus subordinados han logrado engañar a muchos (la prueba es que lo siguen incondicionalmente), pero no a todos ni a las mayorías, y muchos comienzan a despertar ya. El “acto mágico” se va terminando. El velo que cubría la lucidez e impedía comprender la verdad, comienza a levantarse. La ceguera no es eterna, como en la obra de Saramago, era solo blanca y pasajera (Ensayo sobre la ceguera), pronto llegaría la lucidez también con un reto blanco contra los corruptos (Ensayo sobre la lucidez).

No hay manera de que el señor Duque, su ministro de Defensa, el Alto comisionado para la paz (que más parece bajo comisionado) puedan ocultar con meras palabras la violencia genocida que aterroriza a nuestro pueblo por estos días y desde hace ya al menos dos años. Es cierto, nunca ha cesado la violencia. Ni siquiera cuando se consolidó el proceso de paz con la firma de los acuerdos de la Habana se pudo decir que la violencia cesó completamente. Pero ahí están las estadísticas que muestran cómo se logró una casi desaparición de las masacres durante un buen período de tiempo. Muchas poblaciones otrora afectadas por la más infausta violencia, vivieron meses o años de paz y tranquilidad.

Es evidente que con el advenimiento del gobierno Duque, expresión del ideario político del centro democrático y de su líder, el señor Uribe, la muerte violenta se enseñoreó en el territorio colombiano. Líderes sociales, campesinos, indígenas, líderes afrodescendientes, ambientalistas, hombres y mujeres, cayeron desde entonces de manera secuencial y sistemático a causa de las balas homicidas, o genocidas como ha calificado Monseñor Darío de Jesús Monsalve esta creciente carrera mortal contra quienes se han propuesto la defensa de la vida y demás derechos humanos, un verdadero genocidio. Y volvieron las masacres, las matanzas de grupos de personas en un solo acto sangriento. Ahí están los datos reportados por los organismos de la Naciones Unidas que actúan en Colombia y también por organismos de carácter nacional. La Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento (Codhes) logró documentar 43 masacres sucedidas entre el 11 de enero y el 22 de agosto, y eso que la mayoría del tiempo hemos tenido una población confinada, encerrada. Para los criminales, para las bandas del terror, no hay encierros ni cuarentenas. Andan libremente, sin temor a nada ni a nadie. Saben que no hay poder que pueda actuar contra ellos y obstaculizar su camino o confrontarlos. El terror se mueve en nuestros campos y ciudades sin restricciones.¿Cómo es posible esto? ¿Quiénes son los que así pueden actuar, en medio de tanta impunidad? Lo voy a decir con las palabras del señor Carlos Holmes Trujillo, ministro de Defensa: ““no es que las masacres hayan regresado como se está afirmando. Las estadísticas demuestran que esto viene de años atrás y no solo se han presentado en el Gobierno del presidente Iván Duque…Detrás de las masacres de los últimos días están los mismos masacradores de siempre y por las mismas razones. Ex Farc, ELN, grupos narcotraficantes y delincuentes de todos los pelambres. Todos ellos, luego de un periodo en el que creyeron que podrían tomarse el país bajo la total impunidad”.

“Los mismos masacradores de siempre”, así lo dijo. En esta ocasión no acertó a eliminar el término masacre. ¿Quiénes son estos masacradores? Mencionó a ex Farc, ELN, narcotraficantes y delincuentes. Quizás podamos estar de acuerdo con esa afirmación, pero haciendo algunas precisiones. Los sobrevivientes de Samaniego contaron que algunos de los asesinos tenía acento mexicano, lo cual haría evidente la presencia de organizaciones de origen extranjero que hacen lo que quieren y matan a quien quieren en territorio colombiano, ante la pasividad de las autoridades que o no quieren o no pueden proteger a su población. Las bandas de narcotraficantes y de delincuentes a las que se refiere el ministro, ¿Son diferentes de aquellas que asolaron a Colombia entre los ochenta, lo noventa y comienzos del nuevo siglo? ¿O Son las mismas?

Nótese que el ministro, ni sus colegas, ni su jefe, se refieren a las bandas paramilitares, aquellas que nunca se desmovilizaron, ni siquiera para completar el show mediático e irreal de Santa Fe de Ralito, las que mantuvieron el control de sus “oficinas” de cobro y el dominio de la vida política y económica en el país. Recuérdense cuántos congresistas fueron condenados por la Corte Suprema de Justicia (la misma que ahora es calificada de “castrochavista”, “izquierdista”, “comunista”) dada su estrecha relación con los grupos de autodefensa y paramilitares que desplazaron y mataron a miles de personas, con muchas masacres incluidas.

¿Recuerdan a Salvador Arana, aquel paramilitar denunciado por el alcalde del Roble en un consejo de seguridad del presidente Uribe como su potencial asesino, previsión que se cumplió unos días después, siendo premiado por su presidente con la embajada en Chile?. ¡Manes del líder! Así respondió una pregunta sobre la conformación de grupos paramilitares: “Primero, se armaron los pequeños propietarios de tierras. Después, llegaron los poderosos, nunca dispararon una bala, pero son los verdaderos responsables de las atrocidades del conflicto. Y hoy, algunos de ellos mantienen y disfrutan de ese poder criminal”. Lo dice un criminal confeso y condenado a 40 años de prisión (la entrevista es actual). Ahí está enquistado el mal. ¿A quién sirven esas bandas criminales?

¿Quiénes las financian, quiénes las respaldan y financian? Hoy se sabe ya cómo se financiaron las elecciones de alcaldes, de gobernadores en diversas regiones del país (hay condenados por ello) e incluso presidente de la República (en investigación). Lo real es que esas bandas paramilitares (surgidas de las Convivir, allá en Antioquia, en Guacharacas, al parecer…), que se crearon dizque para contener y eliminar a los violentos del otro lado (guerrillas), se convirtieron en una fuente de horror tal que envolvió a sus mismos creadores. Mirad cuántos de ellos están presos, muertos, extraditados, escondidos, etc. Desvalorizaron la vida humana, incluyendo la suya propia. Promovieron la deshumanización de “los otros” deshumanizándose ellos mismos.

Lo triste es que las fuerzas armadas del Estado (policía, ejército, fuerza aérea, armada) han sido permeadas por esas estructuras criminales y por ello es muy difícil que el pueblo colombiano pueda confiar en que sus actuaciones sean transparentes y encaminadas a proteger los derechos de los colombianos, como se los ordena la Constitución. Tenemos generales, comandantes, mayores, coroneles, vinculados a las investigaciones por algunas de las masacres realizadas, por los falsos positivos, por corrupción de todo tipo. Obviamente, no se trata de todos los integrantes de las fuerzas armadas, pero sí se hace imposible generar credibilidad entre la población, sobre todo entre las víctimas del terror que las bandas criminales han desplegado en todo el país, como si se tratara de una política acordada previamente encaminada a enviar un mensaje a quienes se atreven a denunciar y a levantarse contra la injusticia social, contra la inequidad, la exclusión y la corrupción.

Parece muy sospechoso que en cuanto se produjeron los hechos judiciales que llevaron al líder de la secta a prisión, se hayan desencadenado de inmediato varias masacres, casi de manera simultánea.

¿En quién podemos entonces confiar? ¿En la institucionalidad, más allá de las fuerzas armadas y de policía? ¿El legislativo? Ah! El mismo poder que ha ungido ya a los amigos del presidente para ejercer los cargos llamados a ejercer control sobre los actos de este, la procuraduría, la contraloría, la defensoría del pueblo. ¡Cuánta desesperanza surge de esta oprobiosa e infame actitud partidista y politiquera! Nos queda la justicia, más allá del “cartel de la toga” y de la corrupción que también la ha permeado. Hay fiscales, jueces y magistrados de enhiesta actitud, hombres y mujeres de mucha dignidad que quieren estar a la altura de la dimensión que el pueblo necesita para defender sus derechos. En ellos confío. Pero, ¿es suficiente?

Claro que no. Decía nuestro gran escritor William Ospina que necesitamos convertirnos en una verdadera comunidad, ser comunidad, sentir que nos duele de veras lo que pasa a cada uno de los integrantes de ella. Así es, así debe ser. Acción conjunta, acción solidaria, movilización popular, movilización pensante, movilización escrita y literaria, movilización virtual y real, movilización permanente, movilización pacífica, formar un muro incontenible e irrebasable para los violentos de todas las estirpes, que sienta el gobernante que su pusilanimidad no va a ser tolerada, movilización coaccionante, movilización histórica y trascendente, que sientan los politiqueros corruptos que no podrán esquilmar ya al pueblo impunemente. ¡Basta ya de impunidad! Cese el desangre de nuestro pueblo.

¡Para la vida y la paz, todo. Para la guerra, la violencia y la muerte, nada!

En Cali, a los 23 días del mes de agosto de 2020, en plena pandemia por coronavirus con 541.117 contagiados y 17.316 fallecidos en Colombia, y 23.300.000 contagiados y 807.000 muertos en el planeta, y en medio del terror que nos imponen los violentos con una masacre tras otra.

PD: ¿Sabéis dónde se extendieron ampliamente las andanzas de los grupos paramilitares? En Córdoba. ¿Sabéis dónde quedan las 1500 hectáreas de El Ubérrimo? En Córdoba, cerca de Montería.

https://pacifista.tv/notas/historia-y-testimonios-de-las-masacres-que-salpican-a-alvaro-uribe/

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