Una guerra perdida y cada vez más trágica y letal

Otro fin del mundo es posible
Otro fin del mundo es posible

La guerra contra las drogas, desde la mirada de Alejandro Gaviria en su nueva obra, de la mano de Aldous Huxley

Así es la guerra contra las drogas, declarada desde los años setenta del siglo XX en los Estados Unidos: perdida. Colombia ha seguido fielmente los pasos, con la rodilla en el suelo, y las consecuencias han sido nefastas.

De este tema y de otros muy relevantes trata el libro de Alejandro Gaviria, “Otro fin del mundo es posible”. El autor, ex ministro de salud y sobreviviente de una dura lucha contra el cáncer, tomó como referente la obra de Aldoux Huxley, autor de distopías pesimistas (“Un mundo feliz”) y utopías (“La isla”), analista y crítico lúcido de su tiempo, amante de las ciencias naturales (como que era descendiente de Thomas Huxley, defensor de la teoría de la evolución y la selección natural de Carlos Darwin.

De su mano, hace Gaviria una reflexión acerca de la enorme levedad del ser humano, de su gran precariedad y transitoriedad en el planeta, y, sin embargo, también acerca de su trascendencia, que va de generación en generación. “Mientras más conocemos sobre el mundo, más profunda es la contradicción entre la búsqueda de sentido y el silencio del universo”, afirma. El mito de Sísifo es eso, el eterno anhelar, desear, llevar la piedra hasta la cima para que el hado nos la devuelva y…volver a empezar.

En ese marco existencial, el amor es un consuelo, una respuesta al absurdo y una forma de resistencia ante la muerte. Pero resalta que el mismo amor es riesgoso y doloroso: “las presencias más entrañables serán siempre las ausencias más dolorosas”.

La reflexión, a partir de Huxley, llevar al autor a pensar en la manera como los pueblos son gobernados, dominados por los dictadores y autócratas, pero no solo por estos, sino también por aquellos que los dominan utilizando las más diversas y sutiles herramientas que la modernidad les ha proporcionado, tales como las tecnologías de la comunicación y la propaganda. Pueblos que obedecen ciegamente a sus “lideres”, aún sin necesidad de que se les obligue, simplemente mediantes las artes de la manipulación y la alienación. “El mundo moderno, creía Huxley, ha roto ese balance, nos ha acercado, como consecuencia, entre otras cosas, de la sobreorganización, a un mundo feliz pero vacío, sin significado y sin libertad”, remarcó Gaviria.

Esas son algunas de las diez razones para el “pesimismo cósmico” que describe Gaviria, con base en la novela utópica “La isla”. Pero no se puede desconectar de “Un mundo feliz”. Podría ser que en esta, el pueblo esté dominado mediante el uso de drogas como el soma. Basta tomar una píldora y el equilibrio sistémico estará logrado, y el sujeto listo para obedecer. Ahí, las drogas como alienación, enajenación del ser a otros que lo dominan. Pero también recuerda que, como lo experimentó el mismo Huxley, algunas drogas como el LSD (sicodélicas) y la marihuana podrían ser utilizadas para poner al ser humano en cierto camino de liberación, por ejemplo del dolor o de las grandes ansiedades producidas por perturbaciones patológicas. En “La isla”, la dicha intemporal la proporciona la medicina “moksha” que lleva a una “sucesión de visiones beatíficas, una hora o dos, de vez en cuando, de esclarecimiento y gracia liberadora”, y además, “ayuda a vivir con atención y compasión”.

En realidad, los usos que los indígenas le han dado tradicionalmente a la hoja de coca pueden servir ser ejemplo de cómo una sustancia psicoactiva es puesta al servicio de algunos estados de exaltación de la conciencia que no tendrían por qué calificarse como negativos o dañinos.

Por esos planteamientos, hechos en la década de los cincuenta, Huxley tuvo que enfrentar difíciles situaciones de rechazo y reprobación. Lo podemos entender, si vemos lo que pasa aún, de manera muy hipócrita por cierto, con la tentativa de legalizar el uso terapéutico de la marihuana y de otras sustancias psicoactivas. Mientras en los Estados Unidos crecen los cultivos y los procesamientos, desde allá se ordena el combate a muerte de los cultivos y los cultivadores de coca y marihuana en nuestro territorio. Una empresaria de origen indígena se propuso fabricar y comercializar alguna sustancia a base de coca, utilizando ese nombre, “coca”, para la comercialización. Pues no, no se podía, se encontró con el veto nada menos que de “Coca” Cola, el imperio. Fabiola Piñacué ganó el combate contra el monopolio. “Comencé de la manera más tradicional y fui ofreciendo la hoja de coca a las personas, llevándoles aromática preparada, haciendo que la probaran y haciendo un proceso pedagógico de contarle a la gente que la hoja de coca se tomaba, se podía masticar y la hicimos en una presentación en una bolsita”, le relató la empresaria al periódico El Tiempo (Infobae, edición digital, diciembre 28 de 2020).

No se trata, claro, de incitar al consumo de las sustancias psicoactivas, pero el autor del libro, conocedor también de los avances científicos en estos campos de la salud, resalta cómo la ciencia médica está utilizando esas sustancias (incluso el LSD experimentado por Husxley) en algunos tratamientos terapeúticos, los cuales han resultado ser exitosos.
¿No es “El Conde de Montecristo”, una obra de la literatura universal que su autor (Alejandro Dumas) y muchos amantes de la literatura recomendarían para la juventud del mundo? Pues mirad lo que escribía en pleno siglo XIX (quizás 1840):
“Si sois hombre inteligente, si sois poeta, probad esto, y desaparecerán para vos los límites de lo posible, y se os abrirán los campos de lo infinito, y en libertad absoluta de pensamiento y de alma, volaréis a vuestro antojo por las inconmensurables esferas de la fantasía. ¿Tenéis ambiciones, suspiráis por las vanidades de la tierra?, probad esto, y dentro de una hora seréis rey,…”.

““-¡Oh! Dios mío, sí —dijo Montecristo-, no hago secreto de ello, es una mezcla de un excelente opio que he ido a buscar yo mismo a Cantón, para estar seguro de obtenerlo puro, y del mejor hachís que se cosecha en Oriente, es decir, entre el Tigris y el Éufrates. Se reúnen estos dos ingredientes en proporciones iguales y se hace una especie de píldoras, que se tragan cuando hay necesidad. Diez minutos más tarde producen el efecto”.

Algo al parecer muy normal para ciertos sectores sociales de la época. Eso decía Huxley, que las drogas han hecho parte de la humanidad y han jugado con frecuencia un papel positivo en la vida individual y colectiva. Claro, también hubo guerras (la del opio) para monopolizar el control de las sustancias y hacer más poderosos a sus controladores. Hoy siguen ocurriendo cosas similares. El capital financiero se nutre y circula los tesoros del narcotráfico, mientras la guerra contra las drogas genera una cadena de muerte que comienza siempre por los eslabones más débiles (entre presos, desplazados y muertos) y se expande por doquier. Agrega el autor que “la prohibición del cannabis dio paso a los cannabinoides sintéticos; la de la coca, a la cocaína; la del opio, a la heroína, y así…”.

Un mundo libre de drogas es una utopía, concluye Gaviria. La regulación, en general, funciona mejor que la prohibición. “Cientos de miles de muertos después, Colombia sigue exportando ochenta por ciento de la cocaína que consume Estados Unidos”.
También la salud pública, el progreso, la crisis ambiental y la educación pasan por las hojas de la interesante obra de Alejandro Gaviria que, sin duda, invito a leer (Otro fin del mundo es posible. Planeta, 2020).

¡Para la vida y la paz, todo. Para la guerra, la violencia y la muerte, nada!

En Cali, a los 13 días del mes de enero de 2021, cuando la pandemia del Coronavirus ataca la vida de nuestra gente y ha contagiado a 1.831.980 y matado a 47124 colombianos, y, ha contagiado a 92.100.000 y matado a 1.970.000 personas en el planeta. Hoy, cuando la muerte pandémica nos sacude, pero nos rasga el corazón el infanticidio y feminicidio de María Ángel Molina Tangarife, en Calda, de apenas 4 años. Dolor. Y también el asesinato de líderes como el defensor ambiental Gonzalo Cardona, guardián del loro Orejiamarillo. ¿Hasta cuándo?

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